Martes, 17 de septiembre de 2019
El blog del scouting


20.10.10 | Alejandro González [ Comenta el artículo ]
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El blog del scout: '17 again'



Casi han pasado tres meses desde mi texto de presentación. Una barbaridad si lo vemos desde el punto de vista de una cadencia medianamente adecuada para un blog en una web de estas características. Pero un suspiro tan fugaz para el ritmo que la época estival establece a mi trabajo. El verano ha pasado volando (afortunadamente, porque odio el calor con todas mis fuerzas) entre torneos, informes, videos, partidos, emails, listas, reuniones, contactos…


Cuando todas las competiciones de alto nivel descansan, las gerencias hierven al calor de fichajes o renovaciones, y una gran parte de la gente se va de vacaciones, los scouts que nos encargamos de escudriñar las categorías inferiores encontramos nuestro gran momento del año. Los mejores jugadores jóvenes del viejo continente se concentran en los Eurobaskets sub 16, sub 18 y sub 20, con sus respectivas divisiones A y B. Hablamos pues de cientos de jugadores y partidos. Chicos y chicas repartidos por toda Europa. Aquí es cuando FIBA hace gala de su acuerdo con la editorial de las guías Lonely Planet (es la hipótesis más valida que se me ha ocurrido hasta el momento) y su espíritu al más puro estilo De la Quadra-Salcedo. De esta manera, la organización nos regala localizaciones tan conocidas y/o accesibles como Bar, Ptoleimada, Poprad y Timisoara. La voluntad por llevar el baloncesto a todos los rincones, exponer ciudades al mundo y descubrir nuevos lugares es digna de aplauso. Los scouts lo agradecemos bastante, salvo cuando algunos acaban o acabamos pasando horas en un tren o perdidos por ciudades de las que poco antes no sabíamos ni su existencia. Toda una aventura. Afortunadamente, mi labor se circunscribe a FIBA Europe. Una pena, porque las otras confederaciones te invitan a visitar lugares tan apacibles y acogedores como Yemen o Ruanda...


Seguir los campeonatos de categorías inferiores es una autentica gozada. Descubres nuevos talentos, te reencuentras con aquellos a los que estás viendo crecer, aprecias evoluciones, estancamientos, detalles…pareces poder (o querer) ver el futuro de manera anticipada, disfrutando de lo que te ofrece el presente. Al tener que cubrir muy diferentes niveles, el verano me ha traído desde grandes picos como la exhibición lituana en Vilnius o el talento y la elegancia de las jugadoras interiores del mundial sub17 femenino hasta momentos “inolvidables” como aquel partido en el que ambos equipos sumaron 63 balones perdidos y de cuyos nombres no quiero ni acordarme.


Cuando uno escribe un informe sobre un jugador y lo envía a un equipo o universidad, siempre hay (o al menos ocurre en mi caso) una importante sensación de responsabilidad. La mayoría de los equipos no tienen una sola fuente de información (aunque hay casos contrarios, algunos bastante espeluznantes), por lo que cada informe que sale de mis manos es sólo una opinión más, pero cuando uno está escribiendo y llega al apartado final (ranking, evaluación, estimación, resumen, conclusión o como cada uno le llame…) no puede evitar pensar hasta qué punto se está influyendo en el siguiente paso de la carrera profesional de un baloncestista. Esa sensación es algo más leve cuando se trata de un jugador profesional consolidado, más notoria cuando es un chico que intenta exprimir su pequeña oportunidad de pagar su alquiler, cuidar de su familia o ganarse la vida con este deporte. Todo adquiere un tono especial cuando el “protagonista” es un chico joven, sobre todo de esos que tienen muy lejos un futuro brillante en ligas importantes, portadas de revistas y contratos de grandes cifras. De repente formas parte del proceso que puede llevar a un chico inglés a España, a uno lituano a una universidad de primer nivel en NCAA o a un recién graduado a Filipinas. Cambios anónimos para muchos, pero decisivos para las vidas individuales y familiares de los jugadores.


Recuerdo especialmente una lluviosa y oscura tarde en Londres (de esas que allí arriba casi no tienen…), de vuelta a casa en bus tras presenciar la primer jornada de un torneo junior de gran relevancia. Aun con la cabeza llena de notas mentales, detalles por apuntar, recuerdos e imágenes, intentaba escribir las trazas más importantes de cada jugador visto ese día según me iban dejando los vaivenes de un vehículo conducido por el primo británico de Kimi Raikonen. En mi carpeta lucia el logo de mi agencia, de lo que se dio cuenta un chico que había sentado al lado mía, y que había participado (de forma ciertamente destacada) en uno de los equipos. Tras mirarme decenas de veces, pareció reunir el valor para acercarse y preguntarme si podía interrumpirme un segundo para comentarme algo. Para relajar el ambiente, le dije, medio en broma, que no tendría problema siempre que antes me confirmase que los números coincidían con los nombres (los de su equipo, por cierto) en el papel que nos había pasado la organización, ya que yo sospechaba que en su equipo todo estaba correcto pero había algunos conjuntos en las que un acierto debía ser considerado pura coincidencia. Tras la confirmación, y ya sin temblor ninguno en la voz, me preguntó qué me había parecido su juego en el partido que había disputado para cerrar la jornada. Hablamos durante un rato (dio tiempo a que su mochila saliese volando en una curva a derechas que el primo de Raikonen tomó como si estuviese a pocos metros de ganar el gran premio de Mónaco) y me hizo llegar su pasión por el juego, su ilusión por jugar algún día en España, por ser jugador profesional de baloncesto. Él mismo sabía que su limitación de centímetros era un gran hándicap, e incluso reconocía su pasión desmedida en la pista (que se había demostrado extremadamente buena o mala en según qué jugadas), pero dejaba claro que quería trabajar y darlo todo por cumplir sus sueños.


Nunca fue un encuentro de esos (demasiado habituales ya en mi corta carrera) en los que un jugador (o entrenador o incluso periodistas y aficionados) se acerca a “vender el producto”, ganar enchufes o contactar con alguien del que creen que más adelante sacaran beneficio. Me miraba con atención, con un respeto del que yo mismo no me creía merecedor, buscando consejo, orientación e incluso crítica. La conversación acabó con un “thank you sir, really appreciate it”, justo antes de bajar del autobús. Guardé mi carpeta y me quedé un largo rato pensando. Supongo que por primera vez me había dado cuenta de verdad de la influencia que mi trabajo puede tener en otras personas. Todos hemos criticado, valorado y descrito jugadores, entrenadores y equipos entre amigos, en foros o algún articulo de prensa. Pero esta vez la cosa va en serio. Las opiniones cuentan, las palabras tienen trascendencia real. Tan metido quedé en ese pensamiento que cuando me quise dar cuenta me había pasado varias parada. Al menos volví a la realidad en la parada que había al lado de un supermercado de gratos y varios recuerdos, ahora que ya estoy lejos de allí, por lo que acabe degustando una buena “White chocolate cookie” mientras esperaba al siguiente bus y mi mente volvía atrás, a cuando yo tenía la edad de aquel chico. Como cantaba Annie Lennox en Eurythmics, “17 again”.


Cuando, por apuntar como ejemplo un caso reciente, recibo un mail o una llamada de una universidad estadounidense preguntando por dos/tres nombres de jugadoras (de características, posición o nacionalidad concretas), toca acotar opciones, caminos y trayectorias. Envío esos dos o tres nombres, con sus correspondientes informes. Seguro de mi elección, pero sin dejar de pensar que, posiblemente, haya decidido que tal o tal jugadora no va a ir a esa universidad. Que quizá se ha cerrado una oportunidad (deportiva y vital) para algunas personas porque yo he creído que había otras más adecuadas (en lo deportivo, pues difícilmente puedo saberlo en lo vital) para ella. Obviamente también al revés, que se ha abierto la puerta para otras, y es toda una satisfacción cuando el proceso se completa y tanto jugadora como y universidad quedan contentos e ilusionados.


Cada vez que escribo un informe o elaboro una lista, suelo tardar más en revisar lo escrito, confirmar las estadísticas adjuntas, comprobar que no queda detalle perdido ni cabo suelto, que en escribir el grueso del informe en sí. Intento volver a ver videos, a repasar todos los apuntes del jugador en cuestión. Realmente, cuando conoces bien a un jugador, un informe sale prácticamente solo, pues con un orden definido e ideas claras todo resulta muy fluido. El proceso me recuerda a la realización de las historias médicas, aquello que hace ya bastantes años me dedicaba a hacer. Cuando daba clase a los alumnos de cursos previos, incidía en la importancia del esquema mental y el orden. Había que tener muy claro el proceso a seguir (cubriendo todas las preguntas necesarias, pasando por todos los apartados, realizando una exploración física completa y ordenada) y realizarlo sin tener que pensar qué falta, por donde voy ni nada parecido. Un informe de scouting me resulta, en cierto modo, parecido. Observas, anotas, reúnes toda la información, y haces el “juicio diagnostico”. De ahí que intente ser lo más detallista y cuidadoso posible. No quiero dejarme nada que el jugador haga bien. Tampoco nada que haga mal. No quiero pasar de lado detalles que pueden ser interesantes, ya sean temas técnicos, tácticos o incluso mentales. Todo ello teniendo en cuenta que hay varios tipos de informe y cada equipo pide algo distinto una vez se abarca un caso concreto.


Un compañero bromeaba y me decía que me imaginaba en mi escritorio, a altas horas de la madrugada, con la luz del flexo enfocando un montón de papeles y mi portátil, mientras yo revisaba los reportes que había hecho ese día con videos, apuntes y demás. Y creedme que se equivoca. Yo no uso flexo…


Cuando pienso en la futura carrera que pueda tener por delante en este mundillo, uno de los principales objetivos que me marco es no perder el factor humano de todo esto. No quiero olvidar que por mucho negocio que haya de por medio, no estamos manejando mercancía. La deshumanización llega a ser tremenda en algunos casos y ya he podido ver algunas situaciones lamentables. Quiero tener claro que además de los objetivos que marcan agencias, equipos o ambientes en los que trabajar, esté incluido que nunca me importe quedarme hasta las tres de la madrugada revisando un partido o comprobando datos para dar por cerrado un informe.


Os dejo por hoy, prometiendo, si este blog sigue gustando, volver pronto y ser más constante. No es cuestión de cosas que contar (me gustaría hablar de la relación con los equipos, otros scouts, presidentes, jugadores, anécdotas, etc.) sino de tiempo para hacerlo!


Take care!









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