Martes, 16 de julio de 2019
El blog del scouting


21.06.11 | Alejandro González [ Comenta el artículo ]
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El Blog del Scout: Stockholm, something good this way comes



Un cielo completamente azul contemplaba desde arriba largas avenidas completamente desiertas. El silencio era casi total. El sonido de las hojas de los árboles movidas por una suave brisa era el único sonido que ofrecía la ciudad. Las desgastadas ruedas de mi maleta, una vez inicié el paso, girando fatigosamente sobre las baldosas del suelo se empeñaban, creo que en vano, por turbar la sensación de paz de un escenario cargado de encanto. Era de madrugada. Una de esas horas, alrededor de las cinco, en la que uno no sabe muy bien si era demasiado tarde o demasiado pronto. Y, repito, el cielo estaba completamente despejado, teñido de un rutilante color celeste. La noche blanca de Estocolmo era el escenario de mi despedida. Volvía a Málaga tras una semana en Solna. Dejaba mi casa atrás para volver al lugar en el que resido.


Los que me conocéis sabéis lo que me une a Suecia y, en particular, a la ciudad de Estocolmo. Mi país, mi casa, mi vida allí aparcada, guardada en uno de esos curiosos mini-garajes que teníamos en aquel edificio de Rosenlundsgatan, esperando, mientras las circunstancias (varias y muy diversas) me mantienen alejado dando vueltas sin parar, incluso cuando aparentemente estoy quieto. Por ello, este viaje al Nordic Championship 2011 ha sido (y será), con diferencia, el más especial de todos cuanto haya podido (y pueda hacer) en este carrusel de excursiones que conlleva mi trabajo.





Suecia, Finlandia, Dinamarca, Noruega e Islandia reunidas en competiciones sub16 y sub18 masculinas y femeninas. La pujante producción de talentos de algunos de los programas participantes, el creciente interés de las universidades americanas por los jugadores nórdicos y la cantidad de partidos y jugadores accesibles en pocos días hacían de ésta una cita ineludible. En Europa resultaría muy difícil encontrar chicos que se adaptasen de forma más fácil y rápida al estilo de vida colegial estadounidense. Desde muy pequeños manejan el inglés a la perfección (he oído a muchos nórdicos hablar el idioma bastante mejor que más de un estadounidense…), están perfectamente preparados desde el punto de vista cultural y académico, suelen ser más independientes y, confirmado por protagonistas de ambos lados del atlántico, mucho más disciplinados y trabajadores.


El torneo se disputaba de miércoles a domingo, lo que me regalaba la tarde del martes libre para reencontrarme con “mis rincones” de Estocolmo casi tres años después de decirles adiós, con una mirada bañada en lágrimas, desde el taxi que me llevaba en plena madrugada (aquella vez completamente oscura) al aeropuerto de Arlanda, de nuevo, camino de Málaga. Gamla Stan, la calle donde vivía, esa especie de fiordo al sur de “mi isla” (Södermalm), Djurgårdens, Kungsträdgården y, sobre todo, esos dos escalones al lado de la columna que se levantaba en la esquina Este del mirador del ayuntamiento. Mi lugar de desconexión y reflexión, con la conjunción de mar Báltico y lago Malaren rodeando el mirador y gran parte de Estocolmo dibujando el horizonte alcanzable a la vista.


El Solnahallen acogía el torneo. El reciento deportivo, situado en Solna, a las afueras de Estocolmo, es la casa de los Vikings, uno de los equipos de la primera división sueca. Dos pistas de baloncesto, una al lado de la otra y separadas por una pesada cortina. En la pista principal, un pequeño graderío de unas diez u once filas, nada espectacular, pero suficiente para albergar tanto a los visitantes llegados para el torneo como a los aficionados habituales de los Vikings. En una sala contigua, se extendía una pista de atletismo que respetaba la longitud original recortando la extensión de las curvas de ambos lados. Allí entrenaban los atletas de la zona cuando el invierno atiza más fuerte, y calentaban y estiraban (antes y después de los partidos) todos los participantes del torneo. Gimnasio perfectamente equipado, restaurante, oficinas, etc. Modesto pero bien cuidado y muy completo.





Suecia es la gran potencia de la zona. Es el único sistema verdaderamente profesional y su programa de baloncesto de formación, excepcionalmente dirigido por Per Kallman, se está desarrollando de manera sobresaliente. Entre las cuatro selecciones perdieron tres partidos. Las sub18 masculina (a pesar de las bajas) y femenina ganaron sus competiciones sin conocer la derrota. La sub16 femenina dominó la fase de grupos con soltura pero cayó en la final presa de los nervios. La sub16 masculina venció en sus tres primeros partidos pero se dejó ir en el cuarto, quedándose fuera de la lucha por el oro en una carambola que casi nadie tuvo en cuenta hasta que quedaba poco para completarse, ya que nadie la creyó posible. Más tarde, en el partido por el bronce “ni se presentaron”. Así pues, los suecos dominaron en sub18, y los finlandeses se hicieron con los dos trofeos de la categoría sub16.


En Islandia, Dinamarca y Finlandia el semi-profesionalismo es la nota dominante. Sólo los jugadores americanos y algunos veteranos locales pueden vivir del baloncesto en sus respectivas ligas y entre los entrenadores podemos encontrar desde quien dedica su día completo a su equipo o selección hasta quien tiene su trabajo de oficina de siempre y acude a los banquillos de forma totalmente gratuita. El seleccionador danés sub18 masculino me pareció el ejemplo más curioso. Considerado uno de los mejores entrenadores del país, si no el mejor, trabaja con la selección por simple “amor al arte”, por su afán por formar jugadores y trabajar con los chicos.


Los entrenadores daneses me contaron la historia que, seguramente, más me impactó. Ellos, decían, están bastante acostumbrados a perder a sus mejores jugadores para la selección. “En nuestro país se vive tan bien que los chicos no sienten la necesidad de volcarse en el deporte. No son tan competitivos, no tienen esa necesidad”. Su mejor jugadora femenina, por ejemplo, no iba a acudir al campeonato de Europa de este verano porque recientemente se ha cambiado a un nuevo colegio, y el inicio de curso coincide con la disputa del torneo continental. La chica comentó a sus seleccionadores que prefería no perderse el inicio en su nueva escuela y que no contasen con ella. “Todavía hay historias mejores, como la de la jugadora que tampoco irá porque sus padres le han comprado un caballo nuevo, y entre concentración, amistosos y el Eurobasket no tendría tiempo para montar su caballo antes de que comience el curso académico”. Muchos entrenadores coincidían en la idea. El deporte por aquellos lares, para la mayoría de los chicos jóvenes es simplemente un hobby. “En países como estos, tener una buena educación y formación académica, lo cual es muy fácil de conseguir, supone que tendrás automáticamente un buen trabajo, un gran sueldo durante toda tu carrera laboral y una buena vida casi asegurada. Por ellos los chavales se centran en los estudios y el trabajo, incluso muchos de los que tienen mucho talento para el deporte”. Las selecciones danesas ganaron el bronce en las cuatro categorías, siempre a medio camino entre las inalcanzables dos mejores (Suecia e Islandia en chicos, Suecia y Finlandia en chicas) y las débiles dos últimas clasificadas (Noruega y Finlandia/Islandia).





En el caso del baloncesto noruego, la cosa va un poco más allá. Según me contaba el director de las selecciones nacionales “allí somos una familia”. La gente del baloncesto noruego forma un grupo muy reducido de personas, que se conocen de forma cercana y trabajan muchísimo por, esta vez de forma total, amor al arte. “Los entrenadores que ganan algo de dinero, un pequeño sueldo, en nuestro baloncesto son casos muy excepcionales, casi todos hacemos nuestra labor sin remuneración económica alguna. En el país hay mucho dinero, pero se destina a otros aspectos de la vida”. La delegación noruega era la segunda más numerosa entre las visitantes y, sin duda alguna, la más ruidosa en las gradas. Debo reconocer que me ganaron para la causa. Los dos equipos femeninos ganaron a Islandia, que era lo esperado. En la competición masculina cualquier victoria iba a ser recibida como un éxito tremendo, y así se celebró la que los sub18 consiguieron ante Finlandia el tercer día de torneo. Tras hablar largo y tendido con varios miembros de la delegación noruega y poder conocer sus historias, será difícil no prestar aún más atención si cabe al desarrollo de los Matz Stockman, Chris-Ebou Ndow, Maja Foleide, Dragisa Azanjaz o Stine Austgulen, esperando que alguno de ellos pueda alcanzar sus sueños.


Y es que esa condición amateur, esos grupos reducidos de profesionales y aficionados o ese nivel medio-bajo convierten torneos como este, partidos como los que pudimos ver en Solna durante cinco días, en una verdadera fiesta. Una oda al deporte de la canasta, un romántico canto a la pelota naranja, una pasión cargada de muchos más sueños que obligaciones, de más magia que salarios. La celebración de cada victoria, la animosidad de los aficionados de cada equipo, la unión entre los jugadores. Así, uno puede ver a una entrenadora abrazando a su bebé a minuto y medio de comenzar su partido, a los jugadores animando a sus amigos y compañeros en los partidos de las otras categorías o a mi amiguete Christer, el manager del club que organiza el torneo y uno de los hombres importantes del baloncesto sueco (el más profesional, como decimos) en pantalón corto repartiendo botellas de agua, recogiendo balones o llevando la comida a los voluntarios, como uno más del grupo, de la familia. El bebé que sostenía y abrazaba aquella entrenadora, por cierto, se pasó todo el torneo correteando por el pabellón, siempre respetando, eso sí, la acción de los partidos y sólo “apoderándose” de la pista (y la mirada de los que allí estábamos) durante tiempos muertos y descansos. Quizá no MVP, pero sí All-Tournament team sin duda.


En el torneo se trabajó mucho. Voluntarios, jugadores, entrenadores, organizadores y scouts. Hasta seis partidos seguidos tuvimos jueves y viernes. Así que los de la mesa de anotadores, los que manejaban las videocámaras que grababan los encuentros, los organizadores y un servidor (que tenía que hacer scouting de todos y cada uno de los equipos de todas las categorías) prácticamente vivimos en el Solnahallen durante el evento. Días y partidos pasaron de forma muy rápida. Los himnos nacionales (uno nunca piensa que puede llegar a aprenderse de memoria en algún momento de su vida el himno de Islandia, por simple repetición), el estruendo de la bocina de la pista número dos o el cd (mix variado, of course) que usaba el dj-speaker (una y otra vez…) para amenizar los parones se convirtieron en la banda sonora de nuestras vidas por cinco días.





Sí el pabellón fue nuestra casa, la mitad de la población de Islandia se convirtió en nuestros compañeros de piso. Estaban por todas partes: entrenadores, jugadores, gente de la federación, fotógrafos, cámaras, más entrenadores, más gente de la federación… La delegación islandesa era sin duda la más numerosa. Y la más extrovertida. Ruidosa, abierta, simpática, divertida, sucia, desordenada. Sorprendentemente parecida a lo que podríamos considerar “un grupo de turistas españoles” standard. Las charlas con ellos, una gozada. Sobre baloncesto y sobre balonmano. Y es que siempre me ha parecido admirable que una población tan limitada en número y “diversidad” pudiese generar una selección de balonmano (uno de mis deportes preferidos) tan potente. Entrenadores y managers, por cierto, esperan poder alcanzar un nivel de desarrollo, en cuanto a infraestructuras y trabajo técnico y táctico, similar al del balonmano. La desaparición de la división B, que permitirá a la selección medirse a alguno de los mejores equipos del continente, y la apuesta por el deporte de la canasta en los últimos años parecen poder propiciarlo.


Suecia y Finlandia ganaron dos oros y una plata, Islandia dos platas y Dinamarca cuatro bronces. Noruega se fue a casa con tres victorias que supieron a gloria. Entrega de premios individuales y trofeos colectivos. Últimos homenajes. Imágenes y sonidos finales. El comienzo del prólogo. Las primeras despedidas. Desde este pequeño rinconcito debo dar las gracias a todos aquellos que hicieron mi estancia en Solna más fácil, mucho más interesante y fructífera. A Per, Christer, Johan, Morten, Kalle, Ingi, Einar, Hans, Jocke, Stefano, Alberto, Mario (aún se me hacen raro momentos como ese de ayudar a reservar hotel para un torneo a todo un mito del baloncesto), los voluntarios y la organización del torneo. Y, sobre todo, a Bel y Louize, que consiguieron hacerme sentir aún más en casa.


Mi casa. Estocolmo. Una ciudad que parecía tomar vida cuando entraba a la parada de metro de Kungsträdgården el domingo por la tarde, tras el último paseo por el centro, un intento de “hasta luego” que se hizo demasiado duro. Las escaleras mecánicas que bajaban hacia los andenes se detenían justo cuando iba a poner el pie en ellas. Sonreí y cerré los ojos (esmerilados por las lágrimas retenidas), pensando que parecía que la ciudad me estuviese pidiendo que no me fuese. Que me quedase con ella. Que no la abandonase otra vez.





Pero me iba. A las cinco de la mañana la estación de trenes de Solna acababa de abrir. No había nadie en los andenes y aún faltaban doce minutos para que pasase mi tren. Solna- Märsta-Arlanda Airport, pasos que divergían con mis sensaciones y pensamientos. Sentando en un banco, recordaba que en los días anteriores al viaje me apresaba una sensación: no quería ir. Me sentía como si fuese a volver a ver a esa “chica de mi vida”, esa a la que dejas por circunstancias ajenas a sentimiento alguno, por tan sólo seis días, y la caducidad convertiría el encuentro en doloroso. Un adiós así es muy duro, dos son terribles. Llegaba el tren. Subí a él y tomé asiento casi por inercia. Estaba demasiado ocupado tratando de decidir si lo bueno del reencuentro había superado a la amargura de una nueva despedida. Creo que nunca llegué a sacar nada en claro. Tan sólo que quería volver, que debía hacerlo.


Y pensé que todo lo vivido lejos de ella, de mi casa, tenía un por qué, incluso la primera despedida. Que todo lo que hice fue necesario. Que todo lo que estoy haciendo debería salir bien, debería llevarme a donde necesito estar. Pensamientos que me acompañaron hasta la pasarela que llevaba al avión. Momento en el que sonaba la voz de Jakob Dylan, intentando convencerme de que “something good this way comes”.









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