Lunes, 26 de agosto de 2019
El blog del scouting


06.08.11 | Alejandro González [ Comenta el artículo ]
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Summit day (viaje al Eurobasket sub16)



Una de mis grandes pasiones es pasear. Es casi una necesidad. Caminar durante horas recorriendo ciudades, sin rumbo definido. Disfrutando de la música o tomando como banda sonora los sonidos de la ciudad en la que intento perderme. Cuando además acompaña una fina lluvia el momento, al menos para mí, se torna mágico. Me encanta. Recuerdo ahora a alguien que ha sufrido (o compartido, o disfrutado) la mezcla de kilómetros y lluvia conmigo en más de una ciudad.


En mi viaje a República Checa para el Eurobasket sub16 me encontré con algo poco habitual: un día libre al completo. Perfecto para disfrutar de Praga. La lluvia, fina, sutil, hizo acto de presencia en el tercer día de excursión, apuntándose a mi paseo dominical como ya había hecho en otras ciudades. Apretaba a ratos, pero después de vivir catorce meses en Londres sin comprarme o usar un solo paraguas no iba a echarme atrás tan fácilmente.


Han sido diez días de viaje en los que multitud de instantes e historias se han ido sucediendo. Pero sin duda alguna me quedo con la tarde de domingo y ese paseo por Vyšehrad. Al sur del centro de la ciudad, esta fortaleza, que se cree que data del siglo X, se eleva enfrentándose valiente a la colina del castillo, al otro lado del río Vltava, acogiendo senderos, árboles, iglesias, una galería de arte y un precioso y elegante cementerio. Ofreciendo además increíbles vistas de Praga. Todo ello, ese domingo, bajo un manto de tenue luz grisácea, obra de las nubes y los dibujos luminosos que la lluvia y la humedad entrelazaban reposadamente. Aun sin luz artificial que perturbase la escena. Silencio, calma. Algo aún más apreciado cuando llegas allí justo después de esquivar las hordas de turistas (que no viajeros) pertrechados con mochilas, cámaras de fotos, mapas y, aún peor, paraguas descontrolados. Cuánto daño hace el turismo (insisto, no los viajeros) rancio a una ciudad tan encantadora como Praga. Es casi físicamente doloroso ver como calles llenas de encanto e historia se infectan de tiendas de dudoso gusto de las que sale el estruendo del reggaetón o el pop comercial que hace de hilo musical.


Allí en Vyšehrad, en la cima (Summit en inglés, título de este texto), encontré el gran momento de paz de este viaje. Una oportunidad para desconectar, reducir revoluciones, imbuirme en pensamientos calmados sobre mil cosas diferentes. Cada etapa de esta loca travesía (una temporada de scouting) da para mucho, ofrece experiencias y enseñanzas, situaciones complicadas y desagradables, momentos para recordar…Tener un instante para asimilar, rememorar y digerir todo ello se agradece mucho.


Estoy hablando de Praga aunque el torneo tuvo (sigue teniendo en el momento en el que escribo) lugar en dos ciudades diferentes, Pardubice y Hradec Kralove. Ambas aproximadamente a una hora de tren de Praga y bastante cercanas entre sí. Yo, sin embargo, tenía mi hotel en Praga. Siempre tardamos bastante en definir nuestro calendario de trabajo ya que hay que cuadrar días, reparto de torneos entre compañeros, confirmar participantes y focos de interés, etc. Cuando acudí a los buscadores que uso habitualmente para organizar el viaje (auto-logística siempre, a lo Juan Palomo), escribiendo Pardubice te remitían directamente a Hradec Kralove. Y allí sólo quedaba un hotel con habitaciones disponibles. Uno con unos comentarios cuanto menos poco tranquilizadores y atractivos. Según google maps (gracias infinitas a quien lo inventó, hace mi vida mucho más fácil), el pabellón de Hradec Kralove ni siquiera estaba en tal pueblo sino en otro más pequeño a las afueras. Por calendario, además, me interesaba más Pardubice. Tras ver que los precios de los trenes era más que asequibles y que sólo tendría una hora de trayecto en cada sentido (hacía hora y cuarto en Londres sólo para ir a trabajar dentro de la misma ciudad…), me decidí a buscar alojamiento en Praga. La idea de tener un día entero libre además de cierto tiempo por las mañanas (he estado tomando el tren de las 11.17 para ir a Pardubice) apoyaba la moción y podía usar esas dos horas de tren para escribir emails e informes y así llegar ya al hotel liberado de trabajo. Cuando encontré una oferta especial en un cuatro estrellas por 31 euros la noche, la decisión fue fácil de tomar. Y muy agradecida al ver que el spa costaba ocho euros la hora y tras disfrutar de un baño con minerales del Mar Muerto y otras pijadas similares. ¡Un poquito de “lujo” nunca hace daño! No es precisamente lo habitual en mis viajes, no creáis que voy de sibarita por Europa, pero cuando se cruza la oportunidad…


Durante el torneo una de las chicas de la organización, que hablaba un más que decente español cortesía del señor Erasmus (se agradecía mucho ya que allí tampoco hablaba en inglés ni dios) me explicó el motivo del overbooking hotelero en Pardubice. Un campeonato de ajedrez. Sí, de ajedrez. Por lo visto había mucha expectación y entre jugadores, prensa y aficionados (también se desplaza gente para torneos de ajedrez, ¡qué cosas!), los hoteles estaban llenos. Genial la forma en que la chica se explicaba, rematando con una frase magnífica pronunciada con cara de circunstancias: “la ciudad es llena de gente rara con gafas”. Deliciosa manera de sobreponerse a la barrera idiomática para decir que “había frikazos por todas partes”.


Así que he estado haciendo kilómetros en tren todos los días. El tren, el gran protagonista de esta aventura polaco-checa. Unos viajes muy bien aprovechados, la verdad. Tiempo para escribir informes, escuchar algo de música y charlar con desconocidos. Me quedo con un animado debate sobre las distintas visiones de la escisión de Checoslovaquia (seguido por otro sobre tipos de energía y usos) con un ingeniero checo (que hacía de traductor), una pareja de sexagenarios eslovacos y un tipo también checo de unos 40 años que reconocía perderse con ambas conversaciones pero pareció entretenerse mucho. También hubo momentos menos atractivos y didácticos, como aquella mujer checa de unos cincuenta años comiéndose un pepino así tal cual a bocados. No soy yo quien para criticar los hábitos alimenticios y nutricionales de la población rural checa. Pero estaréis conmigo en que como snack es un poco chocante, ¿no? Mucho mejor la hostia gigante (como las que dan en las iglesias pero en grande y con una inscripción en checo) que iba comiéndose el ingeniero mientras hablábamos, por supuestísimo. Tengo que preguntar, por cierto, si los pepinos son algo típico o famoso de la zona, porque he visto al menos 4 personas con cestas o cajas de pepinos en el tren.


El Hala Dukla, la casa del BK Pardubice, ha sido mi particular infierno de estos días. A las afueras de la ciudad, a unos 30 minutos caminando desde la estación de tren. Pero ese no era el problema, esa hora total de caminata era mi dosis diaria de ejercicio. Entre calles desiertas por la noche, ya que a eso de las nueve de la noche ya no se veía un alma. El pabellón en sí tiene cierto encanto y un aire “retro-comunista”. Muy pequeño, con las dimensiones justas para albergar una cancha de baloncesto y unos pocos asientos en uno de los lados del recinto. Y columnas por todas partes, que incluso dividían los banquillos. Las entrañas del envejecido edificio, que por fuera parecía de todo menos un pabellón deportivo, dibujaban pasillos estrechos y retorcidos, bastante oscuros, por cierto. Como digo, tenía cierto encanto, pero con el paso de los días y los partidos la estancia se iba haciendo algo claustrofóbica. Pequeño, angosto y sin aire acondicionado. A pesar de no hacer calor fuera, dentro la sensación era agobiante por momentos. Y ruidoso, muy ruidoso. El eco hacía mucho, pero el volumen de las bocinas tenía gran parte de la culpa. Si algo de tímpano me quedó sano tras el chirrido del tren de Usti nad Labem al frenar, esa parte murió en mi querida Hala Dukla. Había un par de bocinas, una de ellas situada en el techo, muy cerca de la tribuna donde nos colocaron a scouts, prensa, vips e invitados. Café, agua, caramelos, guías, atención constante….y una cita para el otorrino, por favor.


Durante los partidos de República Checa las gradas se llenaban y los decibelios se disparan con los tambores y cánticos locales. Aparecían acreditados por todas partes, incluyendo un niño de unos seis-siete años con su acreditación colgada del cuello. Cuando jugaba Alemania podíamos ver una imagen curiosa: una pareja de alemanes animando a su equipo tocando unos bongos. Alemania y bongos. Cosas de la globalización, supongo. Luego veíamos que los jugadores españoles eran más altos que los rusos y pensábamos que demonios le estaba pasando a Europa.


Debo reconocer que el último día de torneo se me hizo bastante cuesta arriba. Eran ya muchos kilómetros y partidos acumulados. Muchas horas de trabajo. En la segunda jornada de scouting ni siquiera había podido salir del pabellón entre descansos porque diluviaba fuera, lo que había desgastado bastante. Afortunadamente esa jornada final para mí era la inicial para dos compañeros españoles, con los que compartí el día. Entre conversaciones profesionales y bromas, más pequeños escarceos al exterior en busca de aire fresco y las charlas de pasillos con la gente de la organización, se pudo aguantar el último tirón un poco mejor. A saber qué impresión de los españoles se habrán llevado los periodistas checos tras ver a mis dos acompañantes celebrar como locos los goles de España en la final de no sé qué Europeo de futbol sub-algo frente a, precisamente, la República Checa.


En estos tres días en Pardubice he tenido la ocasión de conocer a varias personas, además de reunirme con ya viejos conocidos. Una parte importante de mi trabajo es dialogar con entrenadores y directores de los equipos a los que evalúo en busca de información sobre los jugadores. Básicamente datos sobre el año en que se gradúan (básico para las universidades para las que trabajamos en la parte de NCAA), elegibilidad, etc. Nada demasiado personal, ni cuantías ni nada por el estilo. Simplemente datos que puedan ayudar tanto a las universidades como a los chavales, pues de poder añadir un “class 2012” o un “willing to go to the States, good student” puede agilizar o espolear un proceso de reclutamiento.


En este europeo sub16 el número de scouts y entrenadores disminuía sensiblemente con respecto al sub18 de Wroclaw. Cuestión de inmediatez en buena parte de los casos. Además, gran parte de este torneo quedaba fuera del espacio temporal en el que las universidades pueden salir fuera a evaluar y reclutar jugadores. La verdad es que vi a pocos compañeros y entrenadores por allí. Un par de scouts NBA, algún scout o entrenador italiano o español y poco más.


Un campeonato cadete resulta muy interesante para los profesionales por varios motivos. En muchos casos es una presentación de los nuevos talentos que van entrando en nuestras agendas y bases de datos. Durante la temporada tenemos opción de asistir a varios torneos de la categoría repartidos por Europa, pero en el campeonato continental vemos juntos a los mejores equipos y, por lo tanto, a una buena parte de los mejores talentos de la generación. Para agentes y scouts de agentes, es el momento de llegar rápido y ser los primeros en descubrir y atar talentos. Para los equipos, más de lo mismo. La verdad es que hemos podido ver a bastantes jugadores francamente interesantes de cara al futuro. Algunos de ellos “camuflados” en estadísticas discretas. En mi caso, evaluar cadetes es una primera toma de contacto con los chicos que iré viendo detenidamente en los dos/tres años siguientes. Una fuente de información también para prep y high schools. Muchos equipos de NCAA gustan de seguir a los chicos desde cadetes para ir comprobando su progresión e ir sabiendo la historia según va ocurriendo en lugar de leerla ya narrada dos años después, en el momento de la toma de decisiones. Básicamente lo mismo para nuestros clientes NBA, que quieren seguir la pista de sus futuros objetivos desde bien temprano.


Ahora mismo os estoy escribiendo desde el avión que me lleva de vuelta a Málaga (que no a casa, ya sabéis), justo cuando estamos sobrevolando Marsella. La que fue mi casa por un tiempo hace ya…uff, ¡cinco años! Me reparto entre teclear estas palabras y recuerdos y perder a ratos la mirada en la ventanilla distraído por pensamientos de todo tipo. Los regresos de los viajes siempre son un momento de mirada atrás, de repaso, justo antes de preparar el futuro. El mío, cercano, pasa por tratar de descansar un par de días y ponerme manos a la obra. Todo tiene que estar listo para la segunda parte del tour veraniego: Rumanía.


Ahora que ya lo tengo lejos, que ya ando de regreso, me gustaría volver a trasladarme a Vyšehrad. Calma, paz. Algo que creo que sólo he podido encontrar, en intensidad y forma, en algún parque de Estocolmo. En mitad de una gran ciudad, quiero decir. Seguramente necesite evocar ahora un momento pacífico porque tengo dos asientos más adelante a un niño de unos dos o tres años berreando como un descosido. Igual tendrían que hacer con los pequeñajos lo mismo que con las maletas pero al revés. Si entra en la estructura metálica esa de medidas estándar, no vuela en la cabina…


Por donde iba….ah, sí, Vyšehrad. La cima. El momento culmen de este viaje que está a punto de acabar. Otra experiencia más. Que se acumula a las otras y se mezcla dejando un poso que ya comienza a sentirse de diferente manera. Como si, paso a paso, fuese yendo de freshman a sophomore, y de ahí a junior. Como si todo fuese pareciendo más real. Como si ya tuviese el derecho de sentirme parte de este mundillo.


Ya queda atrás Marsella. Tal como lo hizo Praga hace un rato. Y mucho antes Roma, Londres, Estocolmo, Belgrado, Barcelona, París…sitios, pero sobre todo historias. Capítulos de un relato propio. El próximo discurrirá entre Timisoara, Oradea y Arad. El oeste de Rumanía. Un nuevo paso. Un reto, otra experiencia. Muchas connotaciones. Ahora yo freno los dedos y “retorno” a aquella cima. Nos leemos pronto.









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