Martes, 18 de diciembre de 2018
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05.02.08 | Meej (2435 lecturas) [ Comenta el artículo ]
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Billy Paultz, el Mito Improbable (1ª parte)


Normalmente, si a un aficionado al baloncesto se le pregunta qué jugador habría deseado ser, la respuesta será alguna de las estrellas de la historia reciente, jugadores más valiosos y ganadores de anillos, anotadores compulsivos o matadores de vuelo sin motor. Si hay una carrera de experiencias vividas que me inspira la envidia más rencorosa, ésa es la de Billy Paultz, “the Whopper”.


Es difícil imaginar una disparidad mayor que la que existe entre el aspecto físico e incluso técnico de Paultz, y su carrera. Orgulloso poseedor de un corpachón que recuerda al del pívot glotón que hace de compañero de Michael J. Fox en “Teen Wolf”, la carrera de Billy Paultz vivió sus etapas más gloriosas en los playgrounds más negros de New York y por las canchas semiderruidas de la ABA, los lugares donde menos esperaría uno encontrarse con un blanco blanquísimo, rubiasco y gordito ganándose un oscar al mejor jugador de reparto.


No abundan los detalles sobre su biografía. Nacido en New Jersey, posteriormente se definiría ante sus sorprendidos compañeros como “surfero” a pesar de lucir una piel impermeable al bronceado. Se rumorea que frecuentaba la playa de Long Beach así como los playgrounds cercanos, y que fue allí donde lo descubrió un Lou Carnesecca que acababa de ascender a entrenador jefe de la St. John’s University, destino lógico para cualquier heterodoxia neoyorquina. Fue “Looie” el primero en vislumbrar la grandeza oculta en unos movimientos nada felinos, y la futura utilidad de un tiro de lo que entonces se llamaba larga distancia y hoy apenas es media distancia.


Pero antes tuvo que penar Billy Paultz dos años en un Junior College de la Oklahoma rural, por lógica el sitio preciso para un blanco grande, lento y con sobrepeso, pero demasiado lejano de su ciudad. Paultz volvió a New York para completar su carrera universitaria con dos grandes temporadas en los Redmen de Carnesecca. “Es como un enorme trozo de mármol, hay que dar cincel y cincel hasta conseguir un producto acabado”, dijo el legendario entrenador. Aparentemente, el cincel lo encontró en los bares próximos al campus, donde su capacidad de consumo de cerveza se hizo legendaria y produjo ese físico que recibió su primer apodo “Baby Huey”. Se despidió a lo grande, con una final del NIT en el que fue el mejor jugador sobre la cancha con 18 puntos y 17 rebotes; insuficientes, en todo caso, para vencer a una Marquette en la que jugaba una estrella menor del playground, Dean Meminger.





Billy Paultz fue drafteado por los Virginia Squires de la ABA, pero Lou Carnesecca se había convertido en entrenador y Mánager General de los New York Nets, y sin experiencia en el segundo de sus cargos recurrió al truco del mal GM: fichar a sus exjugadores. Una de sus primeras transacciones fue obtener a Paultz, que vino a sumarse a los “Sonny” Dove, Bill Melchionni y sobre todo Rick Barry. En Long Island vivió Billy Paultz la etapa más dorada de su carrera, y fue allí donde recibió el apodo con el que se haría famoso (poco, pero algo sí): “the Whopper”. Paultz vivió las dos grandes etapas de la franquicia, primero la final que jugaron liderados por Rick Barry (y perdieron contra los Pacers en los últimos segundos del sexto encuentro), y luego el título que conquistaron en 1974 con Julius Erving, el “Dr. J”.


The Whopper sabía perfectamente que los espectadores no venían atraídos por sus espectaculares hazañas acrobáticas, pero sabía aún mejor que había un hueco para él. Y no un hueco pequeño, sino un hueco del tamaño de aproximadamente quince puntos y diez rebotes por partido durante seis temporadas, con tres presencias en el All Star. A pesar de que una vez lo describieron como “hay jugadores lentos, los hay muy lentos, y luego está Billy Paultz”, “the whopper” elevó a categoría estelar el papel de secundario gracias en parte a su engañoso aspecto. “Mi juego”, declaró, “se basa en la posición. Tengo que intimidar a los rivales ganándoles la posición. Tengo que esforzarme y pensar todo el tiempo”. Pocos rivales esperaban que semejante quesito de El Caserío fuera una roca en la zona: parecía que apenas saltaba, pero era un gran taponador; no se movía, pero era un reboteador de élite; hacía todos los bloqueos del mundo (y si te bloqueaba él, te quedabas bloqueado un rato) y sabía circular el balón desde el tiro libre. Su media vuelta y su movimiento de gancho pertenecían a la tectónica de placas, pero el rival que olvidara defenderlo podía encontrarse con una carretada de puntos en contra (su récord fueron 33 puntos, aunque esa misma noche Barry se fue a los 43 y John Roche a 37; “meto 33 y sólo soy el tercer anotador del equipo, ¿te lo puedes creer”).


Cuando se iniciaron los enfrentamientos NBA / ABA, los Nets jugaron contra los Celtics; la gran estrella de los neoyorquinos fue Rick Barry, por supuesto, pero él era una antigua estrella de la NBA. La gran sorpresa, sin embargo, fue ese jugador ignoto y desgarbado que se permitía rebotear y anotar sobre el gran Dave Cowens con la mayor desvergüenza. Su gran momento fueron las finales de división, equivalente a final de conferencia, de la temporada del título del 74. Los Nets se cruzaban con los Kentucky Colonels del gigantesco Artis Gilmore, un equipo que se les había atravesado toda la temporada. Sin embargo, una extraordinaria defensa de Paultz sobre Gilmore le dio la vuelta a la tortilla, y los Nets pasaron a la final por un rotundo 4-0.


Pero las hazañas de the whopper no se limitaron al Nassau Colisseum. A principios de los 70, el periodista Peter Vecsey lanzó su iniciativa de reunir a un grupo de jugadores profesionales neyorquinos para conquistar los playgrounds de la gran manzana. Y en ese equipo, liderado como no podía ser de otra manera por el Dr. J, Vecsey tuvo la osadía de alinear nada menos que a dos blancos, Mike Riordan y Paultz. Al menos, Riordan era un irlandés iracundo, un fibroso alero perro de presa de los Knicks cuyo aspecto indicaba su disposición a pegarse con quien hiciera falta; pero sólo podemos imaginar la reacción del inmisericorde Rucker Park cuando apareció Billy Paultz, quizás en ese momento la figura más incongruente de todo el East Side neoyorquino. Ganaron dos campeonatos, pero en la calle la victoria no es lo único; es muy probable que solamente tres blancos asistieran a la noche legendaria en la que Joe Hammond le metió 50 puntos a Julius Erving: Vecsey, Riordan y Paultz.


Claro que tener que rendir en entornos hostiles no era novedad para un jugador del aspecto y las características Billy Paultz. Rick Barry admitía abiertamente que cuando lo vio, pensaba que no sobreviviría a su primera pretemporada, pero lo hizo. Algo parecido sucedió tras el retorno de Rick Barry a la NBA, cuando los Nets intentaron reemplazarlo fichando a una estrella universitaria muy prometedora, el pívot Jim Chones. “Yo pensaba que como tiraba mejor, saltaba más y corría más rápido que el otro pívot, Billy Paultz, yo era mejor que Billy. Pero no lo era. Billy conocía todos los trucos del juego y lo único que Billy sabía hacer era ayudarte a ganar. Yo no sabía nada.” Jim Chones tuvo que reconvertirse a “cuatro”, y nunca llegó a ser la estrella que se esperaba aunque se convirtió en un obrero muy válido, y ganó un anillo con Lakers.



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