Sábado, 22 de noviembre de 2014
La Opinión


10.02.12 | Antonio Alcaraz (912 lecturas) [ Comenta el artículo ]
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De celebración


Fue un palo y de los gordos porque nadie lo esperaba. Pero si algo aprendimos de ti es que de nada sirve lamentarse. Y aquí estamos dos semanas después. Con un trofeo centenario y plateado (el primero del club), y con algo que decirte. Vamos, chicos, que os oiga bien fuerte:


- Bote, coach. El campeón, bote.


Y como presumirás no fue sencillo. Acudimos a la final “a ocho” bajos de moral e indiferentes por lo que nos deparará el futuro. Muy a pesar de la novedad; a pesar de que ninguno de nosotros se había visto en una de ésas: periodistas, grabadoras, micros, cámaras y blocs de notas hasta en la sopa.


Encima nuestro rival de cuartos era el anfitrión y favorito, que se frotaba las manos por pillarnos en primera ronda. Aunque sólo fuimos de cenicienta durante los dos primeros cuartos. En el descanso, el capitán nos puso las pilas. Anda, cuéntale qué nos echaste en cara:


- Bien, les dije que muchos de nosotros no volveríamos a vivir una experiencia como ésta. Les recordé que te lo debíamos, que era una deuda de sangre.


Lo imprevisible fue un factor, pues decidí reanudar el partido con jugadores suplentes; cosa que desconcertó al oponente. Incrementamos nuestra agresividad en defensa a costa de cargarnos de faltas. En ataque no dejamos de movernos y pasar el balón sin botarlo en momento alguno (acción en la que insistí), evitando así su defensa y generando buenas posiciones de tiro. Entonces se empezaron a poner nerviosos y sintieron el yugo de saberse superiores y estar obligados a ganarnos.


La actuación de tu escolta foráneo favorito también influyó lo suyo. Las metió desde todos los lugares y de todos los colores:


- Jefe, le aseguro que, excepto en las semis y la final, jamás he visto el aro tan grande.


En las semifinales y en la final sucedió algo parecido. Además la afición local, reconociéndonos el mérito de superar adversidad tras adversidad, se puso a nuestro favor. Y no, no hizo falta que tiraran ningún cochinillo al rival, la presión ambiental surtió efecto, así como nuestro juego minimalista a sesenta puntos por partido.


Y aquí estamos, cumpliendo una promesa mutua que surgió minutos antes de la gran final. Sí, es cierto que nos bañamos en alcohol y que lo celebramos a lo grande; sin embargo, ésta botella, que procedemos a descorchar, la reservamos especialmente para ti, más que un entrenador, pues tú espíritu nos llevó a conquistar el título.


Permítenos, amigo del alma, que, dichosos, rociemos tu lápida.



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