Viernes, 10 de abril de 2020
La Opinión


16.02.20 | Juan Carlos Sánchez (3223 lecturas) [ Comenta el artículo ]
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El día que aprendimos a soñar


Fácil no es... pero imposible tampoco. Bien podría ser este un mensaje recurrente como estado de Whatsapp, pero sinceramente creo que refleja muy bien la situación de Unicaja en las horas previas a la disputa de la gran final de la Copa del Rey, en Málaga, frente a todo un Real Madrid que llega tras derrotar con solvencia a un poderoso Valencia Basket que venía, a su vez, de ganar ni más ni menos que al vigente campeón, el FC Barcelona.

Adelanto desde ya que escribo esto desde la objetividad que exige el buen uso de la razón, pero desde la más profunda ilusión que, como seguidor de Unicaja Málaga desde hace tanto tiempo que prefiero no acordarme, me despierta la final de mañana. Y es que sería absurdo valorar este partido tomando como única referencia el potencial deportivo y económico de cada equipo -suelen ir de la mano, aunque no siempre-, pues pocos conjuntos existen en Europa comparables a uno de los aspirantes a alzarse con el máximo título continental: un bloque muy consolidado capaz de presentar en pista a estrellas del calibre de Campazzo, Llull, Rudy, Randolph o Tavares, y a un banquillo interminable de jugadores que liderarían casi cualquier equipo.

Sería igualmente absurdo caer en el forofismo más irracional, por muy bien que suene eso de dejarse llevar en la víspera de una final, con la ilusión y los nervios a flor de piel. El favorito no admite discusión y llega decidido a no dar opción de pelear por el título, como no se la ha dado a ninguno de sus rivales en los dos asaltos previos.

Pero si algo nos lleva enseñando el deporte, en general, desde hace mucho, es que las estadísticas se rompen; que la lógica a veces claudica y termina por ocurrir aquello que parecía imposible. Basta hacer un poco de memoria y recordar cualquiera de las grandes gestas deportivas para reafirmar la ilusión en que este domingo se escriba una página más en la épica de las finales.

Que la ilusión de que pase canalice los nervios previos a la gran final, que muchos tendremos mañana. Porque hay algo importante, y es que quien no se cree capaz, quien no lo ve posible, es seguro que no lo consigue. Como decía aquella frase -cuya autoría desconozco-, quien no cree en la victoria empieza a no merecerla. Y hoy jugadores y afición se han marchado del pabellón con una fe inquebrantable en que algo extraordinario puede pasar.

Unicaja tendrá que hacer un partido perfecto, y confiar en que la fortuna acompañe y haga el resto. Para ello contará con Málaga, una ciudad volcada que sueña con conseguirlo, arropado por una afición que vivirá entregada en las gradas, que hará honor a esa parte del himno que recuerda que "no juegas sólo si yo estoy aquí" y que estará  dispuesta a decir que sí cuando el no quiera ganar la partida.

Hace apenas un rato comentaba algo curioso, y es que ninguno de los títulos ganados por Unicaja han sido en el Martín Carpena. Todo ha ocurrido lejos y, en cierta medida, el baloncesto tiene una deuda con esta afición. Aquel primer título, la Korac, con Boza Maljkovic en el banquillo, se conquistó en Belgrado. Luego vino la etapa más prolífica de la mano de Sergio Scariolo, con la Copa del Rey de Zaragoza precisamente contra el Real Madrid... ¿por qué no repetir?

Y qué decir del título de Liga ACB. El triple de Ansley voló sobre el cielo de Ciudad Jardín y, escupido por el aro, viajó once años hasta abrazar, esta vez sí, la red de Vitoria, mecido por la mano de Jorge Garbajosa. Incluso el éxito más reciente tras un tiempo de sequía, la Eurocup de 2017, se consiguió en Valencia. Y quizá sea este último el mejor ejemplo que traer a colación hoy, porque si algo parecía imposible era levantar ese partido en la situación en la que estaba a poco del final, cuando el rival ya acariciaba el trofeo. Pero se hizo, ¿verdad? ¡Que le pregunten a Alberto Díaz o a Carlos Suárez cómo se hace eso de no rendirse nunca!

A estas alturas, quien siga ahí seguramente haya viajado entre recuerdos inolvidables, recordando dónde, cómo y con quién compartió aquellas alegrías. ¿Por qué no volver a vivirlo una vez más? No relajar un ápice el esfuerzo defensivo ni la lucha por el rebote, correr siempre que podamos, ser inteligentes en la toma de decisiones y valientes en ataque. Poco que perder, y tanto por ganar…





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