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Historias de Kantauri - BasketMe
 
 
 

Fiabe di Natale (y II): Una poesía llamada Ancilotto
Kantauri  | 05.01.2010 - 00:00h.
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La Umbria, región donde se localizaba el club de Perugia, nos abre paso a la tragedia que dibuja en renglones irregulares, tembloroso el pulso, la historia de nuestro siguiente protagonista. Davide Ancilotto. La Virtus Roma, entonces bajo patrocinio Telemarket, se encontraba realizando un stage de pretemporada en Gubbio, ciudad umbra situada unos kilómetros al norte de Perugia, en plena zona montañosa. Escenario inmejorable para acondicionarse de cara a la temporada venidera. Agosto consumía sus últimos días y el club local había organizado un cuadrangular que iba a reunir al propio equipo romano, Scavolini Pesaro, el cercano club de Fabriano y el conjunto francés de Nancy. En una de las semifinales del torneo, la Squadra de Pesaro se había deshecho de Fabriano, y la final del torneo veraniego suspiraba por un reencuentro. La Scavolini, durante ese mismo verano de 1997, había contratado al entrenador milagro de Pistoia, Dusko Vujosevic. En la Roma jugaba un joven jugador de 23 años, promesa rutilante del firmamento azzurro, llamado Davide Ancilotto, que desde Caserta llegó a Pistoia, y terminó de confirmar lo prometido en la A2 al máximo nivel. De la mano del preparador balcánico. La derrota ante Nancy en la otra semifinal lo impidió. Pero aquel partido ante los franceses iba, trágicamente, a privar no sólo de la ansiada final de un torneo de verano sino de la presencia de Ancilotto. El jugador, tras haber comenzado el encuentro a buen ritmo, pidió el cambió al observar ciertas complicaciones físicas. Se trataba de un aneurisma cerebral. Golpeado. Sentenciado. A pesar del último halo de rebeldía, traducido bajo palabras de Davide en un claro mensaje de tranquilidad y bienestar, la situación empeoró, siendo el jugador conducido rápidamente a estancias hospitalarias. Pero, a pesar de la contundente respuesta sanitaria, el joven exterior de 2,01 salió de aquel pabellón con el destino sellado. Su cerebro no alcanzaba a dar respuesta a los impulsos que conformaban la personalidad del chico. Su elocuencia, efervescencia, cariño, gesto cálido, quedaron atrapados por la pesadez mortecina del mal que le aquejaba. Italia, en el casi profético espacio de 20 años desde la muerte de Vendemini, se veía obligada a llorar la pérdida de, cómo aquel, una de sus mayores esperanzas, de un jugador carismático, cazado al acecho por la tragedia.


Davide Ancilotto nació en Mestre nada más despuntar el año 1974, el 3 de Enero. Ya desde su nacimiento situado en primera fila. Mestre es una de las urbes que atrae el núcleo de Venecia. Una ciudad protegida por su patrono, el Arcángel San Miguel, que la santa escritura traduce como “similar a Dios”. Ancilotto fue bautizado como Davide, que viene a significar “amado por Dios”. Fiel reflejo a la personalidad que iba a desarrollar el chico. Tan querido por la Santidad que le llamó a filas con brevedad. Demasiado pronto, ¡Maldita sea! La población mestrina ha sido siempre criada bajo una importante presencia deportiva. El baloncesto no se mantuvo ajeno al estallido desatado en todo el país, a través del propio club de Mestre o en la cercana Reyer Venezia. Un núcleo que ha visto pasar, en su época de esplendor, a jugadores tales como Maciel Ubiratan, Drazen Dalipagic, Ratko Radovanovic, Spencer Haywood, Steve Hawes, Sydney Wicks, en Venezia, Harthorne Wingo, Chuck Jura, Essie Hollis, Don Collins, en Mestre. Además de importantes baloncestistas italianos como Lorenzo Carraro, Fabrizio Della Fiori o Pietro Generali. Pero, sobre todo, ha sido cuna de formación donde varios relevantes jugadores tuvieron su aprendizaje. Los Andrea, Forti y Gracis, o los Claudio, Pilutti y Coldebella. El pasado nos lleva a Sergio Stefanini. Su alumno acaso más famoso, Renato Villalta. Un nuevo Renacimiento en la ciudad, que sustituía acuarelas y pinceles por redes y aro, no tan alejado de la poderosa escuela que educó el talento de Bellini, Tiziano o Tintoretto. Un lugar de alta alcurnia que cuidó el impulso primigenio de Davide Ancilotto. La formación completa del exterior mestrino recayó en manos de prestigio. Punto en común dentro de su trayectoria. Referido a los inicios de Davide en el Veneto, es un exjugador y amigo personal, Massimo Guerra, quien nos dibuja la escena de sus primeros pasos:


“Anci es más joven que yo, soy nacido en el ’69 y él es del ’74, nos encontrábamos en la calle, en el playground del parque Albanese-Bissuola, en Mestre. Él tenía 15-16 años y venía siempre con su padre Gianni. Había mucha complicidad entre nosotros. Me pedía consejo y opinión. Nos unía la pasión por la pallacanestro, además de tener amigos comunes, amigos del playground. Nos enfrentábamos a las primeras experiencias importantes, llegaba el momento de decidir. Incluso teníamos el mismo agente: Riccardo Sbezzi. Davide salió enseguida de Mestre, recalando en Caserta tras una primera experiencia en los juveniles de la cercana Verona. Estaba realmente feliz tras recalar en Caserta. Iba a jugar al lado de Vincenzo Esposito, su ídolo. Además Caserta es una ciudad que vive el baloncesto, con un público muy caliente. Allí desarrolló su primera experiencia como profesional.”-.


El Sur aguardaba a Davide Ancilotto. Un lugar inmejorable para crecer a sus 17 años. Allí podía comprobar in situ el funcionamiento de un sector juvenil respetado ya en todo el país, además de expresarse en práctica totalidad delante de un público que amaba el baloncesto y la intensidad tanto como él. Las instalaciones de Caserta eran magníficas, cortesía de la obra del dirigente Maggiò. Un escenario ideal. Ancilotto llegaba a una Caserta histórica, que bajo la dirección técnica de Marcelletti había conquistado el anhelado, el necesario scudetto, bajo el poderío de la pareja interior Frank-Shackleford, con el bullicioso dúo de críos crecidos en el club, Gentile y Esposito. Orgullo de la Campania y del Sur. Como en anteriores ocasiones, en aquella Juve denominada Phonola, no dudaron en lanzar a un joven de 17 años al primer equipo, con un papel testimonial tras el sempiterno juego exterior formado por Gentile-Esposito-Dell’Agnello, pero gozando de una oportunidad única. Ancilotto engrosaba la nómina de jóvenes que buscaban su oportunidad en Caserta, una de las mejores plazas italianas, junto a Damiano Faggiano o Alberto Brembilla. En Caserta se había comenzado a reescribir el desarrollo histórico de las promesas italianas. El balance se decantaba claramente a favor del Norte, principal hogar de las squadras más poderosas y los viveros de jugadores. La labor que comenzó a organizarse en Rieti y Caserta a inicios de los ’80 obligó a mirar hacia el Sur. En Rieti crecieron Roberto Brunamonti y Domenico Zampolini, en Caserta los exteriores Ferdinando Gentile y Vincenzo Esposito, así como los interiores Giacomantonio Tufano y Massimiliano Rizzo. En la otra costa, la bañada por el Adriático, desde San Severo, llegaban noticias a finales de los ’70 de un cuerpo generoso cultivado en la Apulia llamado Walter Magnifico.


Los cimientos que se asentaron en Caserta quedaron explicados por Bogdan Tanjevic, uno de sus principales artífices:


“En Caserta hemos iniciado un proyecto que dentro de unos años dará a Italia una squadra entre las grandes. No solo hablo del primer equipo sino que me refiero también a la labor de cantera, de los juveniles. Estamos realizando un trabajo magnífico en el vivero. Hay gente que trabaja fuerte como Gigi Lamberti o Franco Marcelletti, el jefe del sector junior. No será un golpe de fortuna si el éxito llega tanto en categorías inferiores como en la máxima división. Todos esos resultados llegarán porque la obra de base se ha asentado bien, porque la sociedad esta bien gestionada, porque la posibilidad de entrenar a jóvenes jugadores en unas instalaciones como las nuestras invita a dar lo mejor de si. Estar aquí es estimulante. Haremos crecer Caserta como grupo y alcanzaremos el escalón de los considerados grandes del campeonato. Un día lograremos el scudetto.”-.


Esas palabras pronunciadas a inicios de los ’80 resuenan sin descanso en la memoria sureña. Proféticas. Dos finales disputadas a mitad de los ’80 y el scudetto logrado en 1991. Sin Tanjevic en el banquillo, con Marcelletti, el escultor de jóvenes, el que reclamó a Ancilotto. Davide fue formado bajo el ideario que Tanjevic trajo consigo desde los Balcanes, desarrollado por sus discípulos en la entidad de Maggiò y Sarti. Tanjevic explica su idea:


“A nivel personal me preocupo más por el crecimiento técnico de los jugadores que por los resultados, aunque éstos, obviamente, cuentan. Me place un basket jugado por atletas que sepan afrontar las situaciones varias que se encuentran durante un partido sin problemas. Madurez y automatismo. Un trabajo difícil, que requiere el esfuerzo e implicación tanto por parte mía como por la los jugadores. Un camino que recorremos cotidianamente. Sufriendo. Pero con el firme convencimiento de la satisfacción que otorga y que se trata de una senda necesaria”-.


Volvemos al pasado, habla Tanjevic: “Uno de los jóvenes que hemos lanzado en la primera squadra, Gentile, ha sido la más bella sorpresa. Nando ha creído en todo aquello que le hemos dicho y en el 80% de los partidos disputados este año ha estado entre los mejores. Juega una media de 20 minutos, continuando bien su crecimiento. Estoy contento de su alumbramiento, que para la sociedad vale más que dos puestos adelante o atrás en la clasificación. Estoy convencido.”.


Ancilotto debutó en una Caserta con rumbo firme, poderosa, de mano de Phonola, al lado de su ídolo Esposito, y posteriormente la vio caer. Hasta la A2 en su última temporada en el club campano, la 94/95, donde Davide explotó a sus 21 años. En más de 30 minutos de juego los promedios ascendieron a 14,6 puntos y 5,7 rebotes, con un increíble porcentaje en t2 superior al 60%. Aprovechando el hueco dejado por Gentile, que seguía los pasos de Tanjevic en Trieste, y Esposito, con Scariolo en la Fortitudo. Le valió un pasaporte para la A1. En Pistoia.


Davide Ancilotto era el fichaje de un cambio. Al entrenador Giovanni Papini le sustituía Dusko Vujosevic, entrenador balcánico que, lejos del prestigio actual, procedía de trabajar en líneas modestas con el Brescia. Ancilotto iba a ocupar el lugar exterior que dejaba Andrea Forti. La joven promesa llegaba para liderar la línea exterior de un equipo de A1, formando un dúo exterior altísimo junto a Massimo Minto. Era el capricho de Dule, no podía perder ocasión de trabajar con ese material. Un exterior de 2 metros habituado a la posición de escolta. Nada rápido pero muy inteligente, pura pasión, diáfano talento, alejado de cualquier molde habitual. Un chico que con 21 años prometía cosas diferentes al estilo oficial. Claudio Crippa, base entonces de aquella Madigan Pistoia, comentaba que Vujosevic hacía especial hincapié en la formación de Ancilotto, hasta la obsesión, como si de un nuevo Danilovic en manos de Dule se tratase, quizá preso del recuerdo que Crippa adquirió tiempo después en su etapa de la Virtus Bologna. Retomamos el recuerdo de su amigo Massimo Guerra:


“La alegría y energía desplegada en Caserta, su relación con la afición, consagraron a Davide como la promesa del basket italiano. Pistoia significa el lanzamiento definitivo en su carrera. Maduró mucho. En la Toscana se vive bien, y Pistoia lo hacía sentir importante. El derby contra Montecatini lo exaltaba.”-.


La temporada fue un éxito. Pistoia rindió a un nivel magnífico, el juego era atractivo, perfecto para Ancilotto, con dos pívot abiertos que favorecían el dinamismo del mismo, Barlow-Thomas. Los promedios del jugador de Mestre se fueron hasta los 16.6 puntos, 3 rebotes y 3 asistencias. Durante esa campaña, el 12 de Noviembre de 1995, “Anci” debutó en la Nazionale ante Finlandia en Helsinki. Era uno de los hombres que entraban en los planes de la remodelación que Ettore Messina estaba llevando a cabo en la selección italiana. En el verano de 1996 Davide era una pieza codiciada, incluso llegaban hasta la Toscana intereses de la ACB por la joven promesa. Fue finalmente Roma el equipo en el que recaló. Una decisión curiosa dada la eterna rivalidad entre Caserta, lugar de formación de Ancilotto, y el equipo capitalino. El nivel del joven continuaba en pleno ascenso, hasta los 17,3 puntos por partido, con porcentajes en torno al 50% tanto en tiros de 2 como tiros de 3, además de 3 rebotes y 3 asistencias. Massimo Guerra continúa destripando la carrera de Davide:


“Roma fue la consagración. Era el Real Madrid quien estaba detrás de los pasos de Anci. Estaba considerado el mejor joven italiano, y creaba amplia expectación entre la gente. En verano, en nuestro playground, había una gran agitación. Aquel verano giró en torno a la decisión que debía tomar… y finalmente fichó por Roma. Creo que su sangre, su lenguaje corporal, su capacidad de convivir con la afición, su alegría, le hicieron ser también un referente en la capital, por norma dedicada casi al completo al fútbol. Anci la conquistó, con su forma de ser tan efervescente. Se convirtió en un ídolo.”-.


Todo en su mano. Un talento cristalino desarrollado en un rol atípico, el puesto de escolta para uno de su altura. Un jugador de técnica fina, con un concepto del tiempo de ejecución muy personal, constante baile lento, que hacía de Ancilotto una de las promesas más firmes del continente, añadiendo su capacidad de progreso a sus aún 23 años. Un aficionado de la inventiva, un bromista de la ejecución, capaz de anotar en cualquier situación y de modo diverso, un entrañable trovador al que el baloncesto terminaba siempre dándole razón, anotando una canasta tras otra. Un jugador que escapaba a la simple descripción. Estéticamente no había belleza en sus movimientos pero sí resultaban prácticos. Pura esencia. Cuando iniciaba la penetración parecía no alcanzar nunca un punto de equilibrio pero encontraba siempre el modo de tirar y anotar. Atípico. Entre su lentitud, que le sirvió para obtener el apodo de “el Bodiroga italiano”, para ser un exterior puro y una estatura no generosa para jugar por dentro. Lo que le había ocasionado ciertos problemas en los pronósticos sobre su evolución y carrera, convertidos en elogios, en un teatrillo, como lo definió su entrenador en Roma Attilio Caja, tras su funesto destino. Talento bajo sospecha. Ancilotto usó sus dos debilidades, la ausencia de velocidad y estatura en según que posición, para hacerse más fuerte. Paso largo, penetración y definición a contrapié. Talento al servicio de las leyes de la gravedad, como regla para escapar de los esquemas e imponer su instinto. Un jugador que sabía desatar la locura con un simple gesto. Penetración, parada y tiro, la red que acoge el balón, dos puntos, su júbilo, el del público, una ola de alegría. Tal como lo describe Massimo:


“Anci era joven entusiasta por naturaleza, vivía de la pallacanestro, que para él suponía un reto, una constante confrontación. Felicidad. Davide era el divertimento hecho persona, en la cancha y fuera de ella. Me acuerdo de sus fintas… realmente bailaba! No tenía un gran tiro saliendo tras bloqueo porque no era así como interpretaba el baloncesto, no estaba en su ADN: Él prefería el uno contra uno, la velocidad entendida a su manera, los pases. Crear espacio para sus compañeros con sus enloquecedoras fintas, creaba para sus compañeros, observaba y comprendía el juego un segundo antes que el resto. Anci se hubiese convertido en la imagen del baloncesto italiano, como lo fueron Esposito o Myers. Un icono de la pallacanestro, como Riva, como Pittis. Hoy estaría en la NBA. En aquellos años las puertas estaban cerradas pero hoy… creo que estaría en América. Nada que envidiar a Gallinari o Belinelli.”-. La pasión que Ancilotto despertaba en el resto. Esperanza. Un jugador que con su carácter, con lo que transmitía sobre el parquet, fue capaz de unificar bajo una sola bandera, la del dolor, a dos aficiones enemigas en lo más profundo bajo la piel, como eran las de Roma y Caserta. Alegría.




Siamo niente senza fantasie



Aquella tarde de verano, Agosto de 1997, en Gubbio, la ciudad donde San Francisco encontró refugio tras huir de Asis, algo más que un jugador de baloncesto se perdía. El impacto fue enorme, ante la extrañeza de lo sucedido, en plena confusión ya que, aunque salió marchito de aquel pabellón, fue trasladado desde la primera instancia sanitaria que le acogió en Umbria hasta el romano hospital de San Filippo Neri, aún con vida. Al menos en pronóstico clínico. El golpe, la rareza, fue tan profunda, los hechos tan confusos, que incluso se abrió una investigación, similar a la acontecida con Luciano Vendemini. Buscando culpables ante la magnitud de la desgracia, ante el rostro más temible que la vida puede configurar. Su compañero en aquella expedición romana, Emiliano Busca, narra parte de la trágica rutina:


“La mañana del partido Davide sentía malestar en el cuello y le dolía la cabeza. Se tomó la temperatura pero era normal. Es cierto que en el entrenamiento matinal le habíamos notado extraño, y en el autobús durmió todo lo que duró el viaje, cosa que no hacía nunca. Podía estar cansado porque venía de Venezia, de pasar unos días con su familia y amigos. Además no nos hacíamos controles por cada dolor de cabeza, que apareciese alguna molestia tras un entrenamiento de pretemporada parecía del todo normal. No se podía hacer nada para haber previsto tal desgracia. Además en el partido empezó fuerte. Dos canastas espléndidas, luego ha pedido el cambio, se ha sentido mal, pesado, y lo llevamos fuera, ya rumbo al hospital. Tenía una mirada que no olvidaré jamás. Estábamos preocupados.”


El entonces capitán del equipo añade: “Dejaría de jugar inmediatamente para devolverle la vida. Una cosa como esta te cambio el modo de ver el baloncesto y los valores de la vida. Nos hacemos controles de todo tipo, incluso nos observan para corregir nuestro modo de caminar, y después sucede una cosa así. Es absurdo.”-.


Aumentando el desasosiego y la sombra en torno a la muerte de Davide, la coincidencia quiso que el doctor de la Virtus Roma, Andrea Billi, no se encontrase desplazado con el equipo, tal como expresa Emiliano –“Había un médico pero no lo conocíamos. Creo que era un dietólogo”-. Ancilotto fue trasladado de inmediato al cercano hospital de Orvieto, donde durante la noche el doctor del club romano ya acompañaba al jugador. Decidieron trasladarlo hasta la zona de reanimación del romano hospital San Filippo Neri, donde tras permanecer una semana en coma, fallecía el 24 de Agosto, a los 23 años de edad. La investigación por parte de la prefectura de Roma se cerró sin encontrar culpable ni al doctor Billi, ni a sus compañeros del staff médico, ni a la sociedad capitalina. La memoria de Davide Ancilotto descansaba, al fin, en paz. El destino había cavado un foso capaz de ahogar las plegarias por su recuperación durante la semana que se mantuvo en coma, delante de sus 23 años. Demasiado joven.




Da oggi brilla in cielo una stella in più



El jugador, crecido bajo la tutela de formadores de alta alcurnia, dejó un hueco irreparable en las pistas italianas. Era una de las firmes promesas del firmamento nacional, y pieza a introducir en la renovada selección que manejaba Ettore Messina, tal como expresa el técnico nacido en Catania –“Lo estimábamos como jugador y como persona, era un chico de carácter. Se hubiese convertido en un punto de referencia, Davide tenía un puesto fijo en la Nazionale.”-. Un jugador que dejaba su impronta allí por donde pasaba. Recuerda de él Franco Marcelletti, su entrenador en Caserta –“A los 17 años tenía ya una personalidad formidable. Era extrovertido y en la cancha no temía a ninguno.”-. Por su parte, Giancarlo Sarti, el director deportivo que lo llevo a Caserta en 1991 dice –“Era un talento del deporte. Incluso sus pies, no solo las manos, eran de alto valor. Davide jugaba al fútbol como un pequeño Maradona y de joven podía haber terminado en el Torino. Pero el basket le había enamorado y se había convertido en su vida:”-. En Caserta, Ancilotto pudo jugar al lado de su ídolo, Enzo Esposito, quien le recuerda del siguiente modo –“Siempre estábamos de acuerdo porque también para él la pallacanestro era una felicidad, un motivo de alegría, no tanto una profesión. En Caserta, no importa si antes o después de los entrenamientos, siempre andábamos entre bromas, pero ligadas al basket.”. Mucho tiempo después, un 3 de Enero de 2004, Carlton Myers alcanzaba la meta de los 10.000 puntos y en su discurso habló así –“Quiero dedicarle esta cifra a Davide Ancilotto, quien hoy debería celebrar su trigésimo cumpleaños. Le conocía bien. Era una buena persona y un fantástico jugador de baloncesto. Si él siguiese con vida, estoy seguro que hubiese conseguido alcanzar y superar mi record de puntos.”.


Davide convertido en un ídolo, una bandera, por su orgullo y el deseo de vencer que demostraba en cada partido, por su fe, por creer siempre, por no querer jamás rendirse, por su carácter hecho de simplicidad, disponibilidad y alegría. Y porque en un mundo de gente que mira con desprecio o suficiencia a la parte viva del pabellón, él se había convertido en amigo de la gente que apoyaba desde aquella curva que hoy porta su nombre. El talento que uno como Ancilotto tenía, que era diferente al del resto, no sin defectos, te llegaba dentro por pura vitalidad. Cuando parecía que Davide apenas había iniciado a escribir, con gran entusiasmo, las líneas que solo él podía imaginar, todo quedó interrumpido. Nunca sabremos si esa fábula que comenzaba a escribirse hubiese sido transformada en leyenda, porque el destino nos privó de su presencia demasiado pronto. Concluye el capitano Busca –“Decía que este iba a ser su año. Era un grande. Extrañó decir “era”, ¿verdad?


Luciano y Davide dejaron un profundo vacío en la pallacanestro de la época que les tocó vivir, un recuerdo que intenta perdurar, disfrazado, caracterizado en cualquier punto del baloncesto y geografía italianos. El pabellón Flaminio de Rimini fue inaugurado el 25 de septiembre de 1977, escasos meses tras la muerte de uno de sus hijos, con un amistoso benéfico disputado entre la Sarila Rimini que entrenaba Alberto Bucci, y el club turinés que acogió por vez última a Vendemini en sus filas. El corazón del pabellón lo conforma la llamada Sala Vendemini. El propio jugador, en el lejano verano de 2004, fue homenajeado en un partido internacional entre las selecciones de Italia y Yugoslavia, celebrado en Bormio. Un partido, de otro verano, que pasaportó a Luciano rumbo la eternidad. Davide Ancilotto es el nombre con el que bautizaron a las instalaciones deportivas que el CONI tiene en Mestre. En Caserta y Roma, punto único de unión, Davide tiene dedicadas en su honor ambas curvas, la del PalaMaggiò y la del PalaEur. La Virtus Roma retiró la camiseta número 4. Además el 2 de Junio de 2007 las autoridades romanas bautizaron uno de los accesos al pabellón con el nombre de Davide Ancilotto. Un playground cercano también lleva su nombre. Hablando de la pertenencia a toda Italia de la esperanza creada, en la extraña Arese, en la cercanía de Milán, otro centro deportivo quedó bajo título que honra la memoria del jugador nacido en Mestre. Hasta las letras quisieron rendir homenaje a aquel jugador de sonrisa impenitente:


Tus canastas golpean todavía nuestro corazón//nuestras manos baten por tu batalla//la búsqueda de un campeón//que ha vencido la lucha más bella//Nunca comprenderemos porque caíste//pero siempre podremos posar nuestros ojos en ti//Querías convertirte en estrella//y lo lograste//nadie podrá jamás oscurecer//en el parquet del Cielo//tu corazón y tu lealtad//.




El tiempo detenido en la eternidad



Homenaje a ambos, que dejan un legado de dolor pero también de esperanza, que viene a indicar que la vida no es finita, a través del propio son con el que el corazón golpea dentro del pecho, o a través del recuerdo. Hasta que la última lengua no deje de hablar sobre ellos. Una resurrección que las posteriores generaciones siempre intentan encontrar, tatuada en nuevos rostros, camisetas, jugadores. Las notas dulces que dibuja la voz de Elisa Toffoli nos sirven para albergar la idea de que lo que un trágico día el destino nos quitó lo devuelva un esperanzador amanecer –“Ma cambiera stagione, ci saranno nuove rose”-.


Dicen que en Biella permanecen atentos al crecimiento anotador de otro cuerpo exterior generoso, en una LEGA cuya historia empuja a mantener con vida, una LEGA escrita en dialecto antiguo. En un constante viaje entre lo pasado y lo futuro, el viaje que describe una poderosa voz desde Faenza –“Un viaje de único destino, sin retorno, en vuelo, sin limitarse en estos confines, solo el horizonte, tan lejano, tomo mi asiento, tú sentada a mi lado, me indicas destino paraíso, ciudad paraíso”-. El recuerdo sobre el olvido, la historia para comprender el presente y acercar aquello que el destino, burlón, incomprensible, se empeñó en hacer desaparecer. Al final el lado negativo también equilibra nuestra existencia, tal como Dule Vujosevic sentenció tras el fallecimiento de su exjugador, Davide Ancilotto, y de plena vigencia sobre la figura de Luciano Vendemini –“La muerte tiene buen gusto.”-.




Corazón de la afición.





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