Cuando fuimos campeones (1982)
Àlex Aguilera  | 29.03.2018 - 12:06h.
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2) CUANDO FUIMOS CAMPEONES (1982). Título original: That Championship season.


Director y guionista: Jason Miller. Fotografía: John Bailey. Música: Bill Conti. Intérpretes: Robert Mitchum, Bruce Dern, Stacy Keach, Martin Sheen, Paul Sorvino y Arthur Franz.



Estamos ante una atípica cinta sobre baloncesto tomada desde el punto de vista de unos ex-jugadores no profesionales que rememoran una época pasada repleta de triunfos. Cuando fuimos campeones fue en su tiempo una cinta de escaso recorrido pero que dejó huella entre los aficionados al cine y el baloncesto por contener una reflexión, además de una cierta nostalgia, sobre las vidas posteriores de varios deportistas toda vez que su carrera ha tocado a su fin por distintos motivos.



Fue realizada con esmero y sapiencia por un infortunado actor de rudo aspecto, Jason Miller, el esforzado y convincente Padre Karras de la trilogía de "El exorcista". Con mayor protagonismo –demonizado y caracterizado por el gran Dick Miller- en la última entrega, Miller debe esa exigua fama a su memorable representación de la fe humana en ese clásico inmaterial de William Friedkin de 1973. Sin embargo, su aura se apagó y antes de su prematura muerte dio vida, entre otras pocas producciones, a un hombre perseguido por un can hasta la infinidad en la interesante "El perro" (1977, Antonio Isasi Isasmendi) en tierras hispanas, además de conseguir hacerse con un nada menos que Premio Pultizer, precisamente en 1973, el año en que se dio a conocer al gran público.


Por lo que respecta a su debut tras las cámaras con esta adaptación de su propia pieza teatral "Cuando fuimos campeones" (1982), hay que resaltar que se trata de una producción Cannon Group. Sí, aquella en la que estaban embarcados y embargados la dupla judía Globus-Golam.


La trama centra todos los esfuerzos en revisitar la ciudad de Stranton, en el Estado de Pensylvannia, donde un alcalde llamado George Sitkowski (Bruce Dern, León de Plata en el Festival de Berlin 1983) lucha por conservar y reeditar un cargo que se le antoja cada vez más complicado de mantener. Un símil con el esfuerzo que debe detentar un deportista por hacer valer su concurso en un partido cualquiera. Aunque esta vez se trate de una final.


Acompañado por la siempre cautivante música de Bill Conti (Rocky y sus secuelas) y la fotografía del prestigioso John Bailey, el film se enfrenta al pasado de un grupo de amigos con las complicaciones que supone un presente lleno de dudas e incertidumbres.


Sin querer evitarlo, Miller pone en valor el éxito obtenido por un equipo universitario en 1957 a través del testimonio de cada uno de ellos. En todo momento nos imaginamos esas jugadas, bien sea recreadas en la cancha real en la que celebra el reencuentro veinticuatro años después o mediante la locución grabada de un viejo transistor. El trasfondo social y político (referencias a Kennedy, Roosevelt, McCarthy) denota un aire de crítica entre ellos, con consecuencias negativas, a priori. 



El coach Delaney (Robert Mitchum, aquel actor prodigioso cuya historia personal daría para más de un film) reúne a su Team formado por George (Dern), Phil (Paul Sorvino), James (Stacy Keach) y Tom (Martin Sheen, de ascendecia española y el más bajito de todos ellos, al parecer el Playmaker titular del equipo) - con la única ausencia del más talentoso Martin- con el fin de conmemorar un hito histórico que los convirtió por unos momentos en leyendas del Instituto de Pensylvannia donde se celebraron las finales de Baloncesto casi tres lustros atrás. La filosofía del éxito extrapolada al propio personal en el mundo de la industria y la política es tan efímera como ficticia como se desprende de una cinta con un marcado estilo teatral.


Intuimos más que vemos como sus respectivas vidas se apagan sumidas en el alcohol, las infidelidades y sus hastiados trabajos. La única llama que los mantiene despiertos es aquella en la que las victorias en las canchas de baloncesto los hicieron ser hombres, antes que empresarios frustrados.



Una lección en todo regla sobre el futuro que espera a los gloriosos deportistas –de élite o no- si no lo afrontan con entereza. Como bien dice el entrenador Delaney: corren para ganar, aunque, apunta, el deporte de la canasta ya no es como antes, se tira directamente al aro, no está hecho para jugadores blancos como nosotros. Una premonición cumplida dada la hegemonía ‘negra’ en los Estados Unidos, haciendo una referencia de pasada en otro pasaje del filme a los Celtics de Larry Bird y el defenestrado Archibald.


Una cinta a reivindicar.



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Artículo publicado por Àlex Aguilera

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