La Opinión
Baloncesto patas arriba
Jorge Pérez  | 02.01.2013 - 23:43h.
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Nada me gusta más que ver un partido de baloncesto. En él siempre se concitan dos realidades diferentes: una, lo que los jugadores van a ofrecerme, desde su talento y su técnica hasta los intangibles que puedan dar, y otra lo que la impronta del entrenador me va a dejar. En un artículo anterior intenté dejar claro que el principal problema del basket (léase ACB u otras ligas) es lo poco atractivo que es el juego a ojos vista del espectador. En ello el entrenador, con su impronta y su gran influencia en el juego, se nos presenta en muchos casos como el gran problema, muy por encima de otros como los 'shares' de televisión, el marketing del producto o la asistencia a los campos, problemas ya suficientemente analizados. Superar esta dualidad 'entrenador vs juego', es cuanto menos complicado, aunque bien pensando no debiera serlo tanto, especialmente en una liga donde el descenso ya casi no existe. Los que no pelean por títulos ¿por qué pelean?. Es la gran pregunta.


Empecemos por el principio. El inicio de temporada desenmascara la realidad, escuchamos por doquier aquello de “queremos ser fuertes atrás, salir rápido buscando canastas fáciles y si no, hacer buenas lecturas en el 5x5”. Ésta es la receta del 99% de entrenadores profesionales. Pero, si todos se mueven con los mismos preceptos, ¿dónde está la diferencia? Sin duda en esa impronta del entrenador, porque ya que vemos que la filosofía es la misma en casi todos los casos es la personalidad del entrenador la que le da el verdadero contenido.


Aunque no vale con ésto: el problema es que el contenido, el juego, es demasiado unificado (¿cuántos sistemas se repiten de un equipo a otro?), demasiado simétrico, y por tanto el tipo de jugador también. Y más aún lo es el jugador joven que se inicia en la liga. Todos vienen marcados por una formación insuficiente y cortados por los mismos patrones. Navarro se va a retirar, y en 20 años no tenemos sustituto. ¿Tan difícil es hacer crecer a un talento como él creció? Haciendo paradas y salidas laterales, frontales, acortando, alargando, y sobre todo tirando, tirando y tirando...


Lo más oportuno sería que hubiera una revolución en el juego, y ésta es la que se no se auspicia de ninguna de las maneras desde ningún ente, ningún debate. Por otro lado sí se fomenta la revisión de las reglas de juego, la búsqueda de un nuevo reglamento y unas nuevas dimensiones del campo, pero el nacimiento de un nuevo basket no está en ninguna hoja de ruta (incluso con esas nuevas normas habría que verlo). No voy a entrar en cómo serían esos nuevos estilos o ese nuevo basket, pero sin duda el momento lo pide y el formato de una liga cada vez más cerrada da esa posibilidad de innovar y evolucionar en aras de un juego más atractivo.


El entrenador tiene ahora la palabra: él es sin duda el máximo responsable de dar de una vez por todas al público lo que pide, más allá que el equipo gane. Hablamos de darle una conexión, una identidad, algo que lo haga reconocible, y cuantas más haya y más divergentes entre sí, mejor. El fútbol en estos años ha batido marcas, pero lo que más lo ha distinguido es esa lucha identitaria entre el pensamiento único de Mourinho contra el fútbol de salón del Barça, un filón no sólo en lo deportivo, sino también en lo social, en lo mediático y hasta en lo político si me apuran. Me muero por ver una guerra de estilos en el basket. Es difícil que la haya, en primer lugar porque hay que transgredir. Ahí empieza todo, ser transgresor hoy en día significa elaborar desde otro punto de vista (y eso está mal visto), menos decálogo de lo corriente, crear tendencia (que se dice ahora) ser un Guardiola o un Mourinho... ¡que más da!.


En segundo lugar porque el juego se ha empobrecido: el incansable abuso del pick and roll ha contribuido a hacer desaparecer el passing-game para pasar a un boting-game evocado con frases del tipo “muy buen jugador, es capaz de echar el balón al suelo”, un gusto atroz por el uso del bote por el bote, dejando de lado que el único valor del bote en el baloncesto debiera ser la verticalidad.


En tercer lugar, la defensa como forma de espectáculo. En ningún caso la agresividad defensiva aburre o retrae al espectador, más al contrario le conecta, le predispone a una mayor implicación. Eso sí, siempre que sea una defensa intencional con idea de condicionar el ataque, una mayor frecuencia de 'traps' (sí, eso que hacen los equipos en el último minuto si van perdiendo). Si a esto se añade la anticipación y la velocidad, aparecen los robos y las carreras, que ayudan a manifestar un juego vivaz, alegre y de emociones. ¿No es el caso de lo que intenta, y logra a veces a su nivel, el filial del Barcelona? Es digno de verse.


En cuarto lugar, y ya mencionado, la creación de un nuevo basket iría paralelo a contar con una estructura cerrada de la liga. Ello otorgaría una mayor confianza en los proyectos, y la posibilidad de afianzarlos con el sello propio. El que tenga esa suerte, contando con un entrenador capaz de ello, y el que no, desde el sello del club. Esto significaría que cada técnico tendría más tiempo para crear, innovar, y con la tranquilidad (o intranquilidad según se mire) de pensar que los resultados no van a ser sólo el único criterio de valoración de su trabajo.


En quinto lugar, se establecería una conexión de identidad en los propios clubes, pudiendo las categorías inferiores trabajar bajo los criterios de la filosofía del club y creando jugadores singulares, como singulares son sus propios clubes. Sería una manera de mantener abierta la formación de jugadores desde varias perspectivas. Esta diversidad de estilos debería ser bien acogida y beneficiosa para el basket nacional, para la propia Federación.


En sexto lugar, podríamos ver salir del armario a entrenadores que difícilmente se han posicionado. Esta nueva perspectiva obligaría a que muchos de ellos se manifiesten, porque hay técnicos que han podido lograr resultados pero con una gran opacidad en sus métodos, o que han cambiado tanto de filosofía que no se les reconoce un verdadero estilo.


Por último, se generaría cierto debate, que a quién más o a quién menos le vendrá bien. A los entes de decisión les ayudará a no quedarse parados a la espera de los acontecimientos, a los entrenadores una obligada mirada a las raíces de su trabajo, y a los aficionados de la mano de los medios les daría la oportunidad de salir al escenario vestidos no sólo de unos colores sino también de un gen propio.


La reflexión y la necesidad seguirán abiertas, pero sólo un dato: para los que digan que es mejor la adaptación a los jugadores que todo lo anteriormente dicho, es como decidir jugársela a su propia suerte.


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Artículo publicado por Jorge Pérez

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