La Opinión
NBA Retro: Jim Petersen, Guapo y Pinturero
Máximo Tobías  | 26.11.2012 - 13:26h.
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Jim Petersen, Hank McDowell, Craig Ehlo. Según el propio Ehlo, estaban en el banquillo de los Rockets para hacer bonito ante las cámaras (eso era cuando el escolta tenía cara de angelote rubio, y no la pinta de extra de “Breaking Bad” que se gasta actualmente). No había otra explicación para la presencia de esos tres jugadores blancos, elegidos en rondas bajas del draft y que apenas pisaban el parqué. McDowell, el más veterano del trío, iba tan corto de talento que Craig Ehlo decidió cambiar de representante y contratar al de su compañero, pensando que el agente que le había encontrado un hueco en la NBA a semejante paquete debía de ser capaz de hacer milagros.


Jim Petersen era el más destacado del trío, o quizás el menos desconocido. No podía aparecer en “Cerca de las Estrellas” sin que mencionaran que había sido elegido como el jugador más atractivo de la liga, y lo cierto es que encajaba en el papel: alto, guapo y con un pelazo arrebatador. Pero sus días como estrella quedaban muy lejos.


En el instituto St Louis Park de Minnesota, Petersen había sido uno de los hombres altos más destacados del país. All Conference, All State, Mr Basketball del estado, Parade All American, McDonalds All American... Varias universidades estaban muy interesadas en el joven ala-pívot, pero él ya tenía decidido no salir del estado. Iría a la Universidad de Minnesota, donde jugaba su amigo Trent Tucker. Con Tucker como estrella exterior y Randy Breuer como pívot dominante, los “Golden Gophers” se proclamaron campeones de la Big Ten en 1982, uno de los grandes hitos del equipo de baloncesto de la universidad. Sin embargo, en el plano individual las cosas no marcharon tan bien para Jim Petersen. Su desarrollo fue más lento y menos destacado de lo que se esperaba, no consiguió hacerse con un hueco en el quinteto titular hasta su tercer año, y como senior promedió aproximadamente 11 puntos y 7 rebotes en un equipo que desde la marcha de Tucker ocupaba las últimas posiciones de su conferencia. Petersen era un jugador poco destacado en un equipo mediocre, y los ojeadores de la NBA pensaban que le faltaba músculo para sobrevivir en la liga profesional, así que no es de extrañar que cayera hasta la tercera ronda del draft de 1984.


Lo eligieron los Rockets, que ese verano pretendían realizar una profunda reforma de la plantilla que sólo había ganado 29 partidos el año anterior. Elvin Hayes se retiró, “Jammin’” James Bailey y Caldwell Jones fueron traspasados, y cortaron a su hermano Major Jones. Esta limpieza del juego interior de Houston significaba que había una plaza libre para un suplente que diera descanso a Ralph Sampson y al novato Akeem Olajuwon, y sólo tendría que competir por ella con Hank McDowell y Larry Micheaux. Pero para eso, Jim Petersen tendría que corregir a toda prisa su falta de fuerza. El jugador se metió en el gimnasio como si su carrera en la NBA dependiera de ello, y en pocos meses ganó más de diez kilos de músculo que le permitieron hacerse un hueco en la rotación de los Rockets.


Su gran oportunidad llegó en la temporada 85-86. Olajuwon se perdió una docena larga de partidos debido a una lesión, y Jim Petersen ocupó su puesto en el quinteto titular dejando buena muestra de su capacidad reboteadora y de su aplicación defensiva. Sus habilidades ofensivas eran tan escasas que rozaban la inexistencia, pero como especialista defensivo complementaba al equipo de tal forma que algunos analistas sugerían que los Rockets presentaban un quinteto más equilibrado con Petersen en la pista. Además de los ocasionales problemas físicos de los titulares, Jim Petersen también obtenía minutos de juego ya que Olajuwon aún no había aprendido a controlar su tendencia a cometer excesivas faltas, y pronto se ganó el aprecio de los aficionados. Si Sampson y Olajuwon eran “The Twin Towers”, Petersen era “The Ivory Tower”, la torre de marfil. Parte de ese aprecio se debía a la buena marcha del equipo, que después de eliminar a los todopoderosos Lakers en una famosísima final de conferencia consiguió clasificarse para la final de la NBA contra los Boston Celtics. El quinto partido de esa final sería el momento de gloria para Jim Petersen.


Nadie daba un duro por los Rockets, y a esas alturas estaba claro por qué. Los Celtics controlaban la eliminatoria por un contundente 3-1, y la única victoria de Houston venía de una remontada in extremis en el tercer partido. McHale estaba intratable, Bird había compensado algunos fallos en el tiro con una magnífica aportación global, y los Rockets notaban muchísimo la falta de un auténtico base (John Lucas estaba en una clínica de desintoxicación, y Allen Leavell se había roto la muñeca). Por si fuera poco, a principios del segundo cuarto fue expulsado Ralph Sampson, que hasta ese momento había sido el bastión ofensivo que mantenía a los locales en el partido. No era la primera vez que Jim Petersen tenía que saltar a la pista en esas circunstancias, ya que Olajuwon había sido expulsado en dos partidos distintos en playoffs, pero hacerlo en la final y al borde de la eliminación suponía una presión adicional. Tampoco ayudaba el clima del partido, con un público enfurecido por la expulsión de la estrella de su equipo (que se había enfrentado directa y sucesivamente con Jerry Sichting y Dennis Johnson hasta el placaje volador de Bill Walton) que mostraba su desacuerdo lanzando toda clase de objetos al parqué.


El propio Jim Petersen participó en el siguiente roce, cuando los árbitros señalaron pasos de Dennis Johnson y el jugador de los Rockets intentó coger el balón de sus manos para agilizar el saque. Johnson amagó con darle un codazo y a continuación le lanzó el balón a la cara, lo que provocó nuevas protestas del público y la señalización de una técnica. Finalmente, una reunión de los árbitros con los entrenadores sirvió para que éstos se comprometieran a controlar a sus jugadores, y permitió reanudar el partido.


Los Rockets estaban en manos de Olajuwon, que a su imponente presencia defensiva tendría que añadir una mayor aportación ofensiva; y desde luego que el nigeriano estuvo a la altura con 32 puntos, 14 rebotes y 8 tapones, pero no podía hacerlo todo él solo. Desde que salió a la pista, Jim Petersen se empleó a fondo en la defensa sobre Kevin McHale, hasta ese momento el más acertado de los Celtics en ataque. Le defendía sobre todo por delante, impidiendo que le metieran balones y hasta cortando algunos pases, y confiaba en que sus compañeros vendrían a la ayuda cuando el rival intentase la puerta atrás. Sin un director de juego, el ataque de los Rockets dependía de salir al contraataque y de cargar con decisión el rebote ofensivo, y así lo hicieron. La defensa de los locales se endureció y a partir de ella buscaban siempre el contragolpe, mientras que en el otro lado Olajuwon, Petersen y Wiggins capturaban sus propios tiros fallados, dominando el rebote frente al supuestamente invencible juego interior de Boston. Petersen no brillaba en la anotación con un pobre 3/12 en tiros, dos de ellos mates desde debajo del aro. Recibió dos tapones y falló tiros fáciles que otro jugador habría anotado sin dificultad, pero mantenía a McHale fuera del juego ofensivo de su equipo y no vacilaba en pelear todos los rebotes divididos. Incluso colocó un espectacular tapón a Larry Bird seguido de otros dos a McHale, a pesar de que sus cortos bracitos apenas le llegaban a la cintura. Los Rockets anotaron once puntos seguidos después de la expulsión de Sampson y a continuación dominaron el tercer cuarto, que terminó con un marcador de 86-65 para los locales. En el último cuarto Kevin McHale logró por fin zafarse de Petersen y anotar 16 puntos, pero era demasiado tarde: los Rockets ya se habían llevado el partido.





No sirvió para cambiar el rumbo de la final, que los Celtics finiquitaron en Boston pocos días después, pero sí para convertir a Jim Petersen en un jugador reconocido. La temporada siguiente aprovechó la lesión de rodilla de Ralph Sampson para asentarse en el quinteto titular, y vino a promediar unos 11 puntos y 8 rebotes por partido, que serían las mejores marcas de su carrera. Según algunos rumores, si los Chicago Bulls no hubieran conseguido completar el traspaso que les permitió elegir a Scottie Pippen en el draft de 1987, habrían traspasado esa elección a Houston a cambio de Petersen; y la historia de la NBA habría sido otra muy diferente.


Jim Petersen mantuvo la titularidad después de la llegada de Joe Barry Carroll de Golden State a cambio de Sampson, pero en el verano de 1988 los Rockets decidieron aprovechar la oportunidad de adquirir a un jugador muy superior como Otis Thorpe de Sacramento. Thorpe terminaba contrato, y como llevaba dos años promediando casi un 20-10 exigía una renovación acorde a su juego. Los Kings no querían perderlo como agente libre a cambio de nada, pero tampoco querían asumir el contrato que el jugador merecía. La solución fue renovarlo y traspasarlo a los Rockets a cambio de Rodney McCray más alguien capaz de ocupar el puesto de Thorpe en el quinteto titular, es decir, Petersen. El traspaso fue muy polémico en ambas ciudades, ya que McCray era muy popular en Houston mientras que en Sacramento veían la marcha de Thorpe como la enésima demostración de la tacañería del propietario de la franquicia. Claro que en Houston olvidaron sus objeciones en cuanto vieron jugar a Otis Thorpe.





Los Kings eran una franquicia a la deriva, pero al menos Jim Petersen pudo seguir disfrutando de la titularidad. Por desgracia, una grave lesión de rodilla puso fin a su breve etapa en Sacramento. Con Pervis Ellison lesionado (¡sorpresa!), los Kings necesitaban urgentemente un pívot, pero Petersen estaría aún dos meses de baja después de su operación. Así que Bill Russell, a la sazón General Manager de la franquicia, no tuvo mejor idea que traspasarlo a los Golden State Warriors a cambio de su ex-compañero Ralph Sampson, con el acuerdo de que ningún equipo sometería a su jugador a un examen médico. La idea de Russell era que por muy poco que pudiera aportar Sampson después de sus lesiones, ya sería más de lo que aportaba Petersen desde la cama del hospital; ese error de cálculo terminaría por costarle el puesto a la antigua leyenda céltica.





Jim Petersen duró tres temporadas en los Warriors, pero su rendimiento fue descendiendo debido a los constantes problemas de su rodilla derecha hasta desembocar en su retirada en 1992, a pesar de que sólo contaba 29 años de edad y aún le quedaban dos temporadas de contrato. Volvió a su Minnesota natal y se convirtió en comentarista televisivo de los Timberwolves, donde se reencontró con su viejo rival Kevin McHale. También inició una nueva carrera como entrenador de baloncesto femenino, primero en la AAU y luego en la WNBA como asistente de las Minnesota Lynx.


Es posible que en su calidad de comentarista televisivo, Jim Petersen sea hoy más famoso que cuando era jugador. No pasó de un segundo o tercer nivel antes de que las lesiones se cebaran con él, pero tampoco habría que olvidar que se ganó a pulso cada minuto que jugó, y que fue con su esfuerzo como consiguió pasar de oscuro banquillero a decidir un partido de la final de la NBA. A pesar de su aspecto resultón, Jim Petersen demostró ser mucho más que una cara bonita.


El quinto partido de la final de 1986, íntegro:




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Artículo publicado por Máximo Tobías

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