La Opinión
Viendo baloncesto olímpico en directo
Ignacio Morejón  | 12.08.2012 - 03:02h.
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Cuando se conoció la noticia de que Londres organizaría los Juegos Olímpicos a Londres lo primero que pensé fue que iba a hacer todo lo posible para ver cumplido uno de mis sueños de siempre: ver un partido de baloncesto de las olimpiadas en directo.


Como tantos otros residentes en el Reino Unido me llevé un chasco considerable cuando hicieron público el reparto de entradas: había pedido para prácticamente todas las jornadas de la competición masculina y no me dieron ni una sola. Afortunadamente David (el forero muggsy_dvd) se puso pinzas en los ojos en plan La Naranja Mecánica y pasó días frente a la web oficial de los Juegos hasta que nos consiguió entradas. Y qué entradas: dos de los partidos de la jornada de cuartos de final. Para rematar la faena el calendario fue benévolo (¡grazie biscotto!) y me tocaron los partidos que más me interesaban: Lituania-Rusia y España-Francia, en el primer turno (de las 14:00 a las 18:00 horas). Ah! ¿El precio? 85 libras esterlinas. Not too bad.


Desde mi casa, en Clapham Common, hasta el O2 Arena hay una media hora en metro. Junto con las entradas para cada evento te daban un billete de metro válido para todo el día (una travelcard). Por cuestiones de choques de patrocinio al pabellón se le llama North Greenwich Arena durante las Olimpiadas. El O2 Arena tal y como está ahora mismo fue construido en 2007 en lo que antes se conocía como Millenium Dome. La primera vez que fui fue para la inauguración, ya que O2 cerró el complejo y nos invitó a todos los que trabajábamos para la compañía. Fue un día estupendo con conciertos para diversos gustos (Tom Jones, Basement Jaxx y Kaiser Chiefs), actividades tipo Circo del Sol en las áreas comunes, espectáculos de variedades en la sala Indigo y comida gratis.





Dado que la organización ha sido muy insistente respecto a lo de ir con tiempo por las colas y masificaciones, salí de casa sobre las 12. Hasta coger la Jubilee Line en London Bridge el metro estaba tan vacío como cabría esperar un día de diario al mediodía. Habían añadido indicaciones específicas sobre cómo ir hacia las diferentes áreas donde se celebran competiciones olímpicas. El segundo tramo en metro desde London Bridge hasta la parada del O2 (digooo… ¡North Greenwhich Arena!) estaba bastante más concurrido pero sin llegar a ser agobiante.


Nada más emerger de las escaleras automáticas y aún dentro de la estación te recibían un buen número de voluntarios indicándote con dedos gigantes de goma espuma como los que usan los aficionados en la NBA hacia donde tenías que ir, no sea que te fueses a perder en los 50 metros que había hasta la entrada. Además no podía faltar otro voluntario con un megáfono saludando en, al menos, una decena de idiomas.


El ambiente era magnífico, con gente de todo el mundo llevando camisetas o banderas de sus países (jugasen o no ese día) y ni atisbo de problemas o peleas. Y, ahora sí, se me puso la piel de gallina de la emoción por primera vez. Justo a la salida de la estación había un grupo de aficionados mostrando cartelitos que decían “cambio tickets” y “necesito tickets”. La gente de la organización los tenía a todos juntos en fila poco menos que acordonados. Me dio la sensación de que algunos de los que tenían un cartelito de “necesito tickets” en realidad los usaban para acercarse a los demás e intentar hacer reventa, algo no permitido y que se ha perseguido con decisión. La poli debió de pensar como yo porque a un par de ellos se los llevaron a un lado y les hicieron todo tipo de preguntas mientras les registraban a conciencia. En general la mayoría de los que buscaban intercambiar entradas eran estadounidenses y brasileños con entradas para el primer turno de cuartos e intentando ver el segundo en el que jugaban sus selecciones.





El color que predominaba en los accesos al pabellón era, cómo no, el verde de Lituania. Bastantes españoles y estadounidenses, algunos rusos, no muchos franceses, pero los entusiastas lituanos estaban por todas partes con sus camisetas de mil modelos diferentes apoyando a la selección de baloncesto de Lietuva... lo que siempre me ha producido algo de envidia, ya que casi todos los españoles que veía llevaban camisetas de la selección de fútbol.


A las 13:15 era hora de ir entrando porque aún quedaban por pasar los controles de seguridad. Éstos eran idénticos a los de los aeropuertos y los llevaba a cabo el ejército tras la polémica con la empresa de seguridad que había ganado la contrata. Por lo que se ve también aplicaba la regla de no líquidos de más de 100 ml y a David le hicieron ponerse el desodorante que llevaba para asegurarse que no explotaba. No debieron de quedarse muy convencidos porque lo acabaron requisando y tirando a la basura. Muy profesionales.





Accedimos a la parte donde está la cancha sin que hubiese ningún tipo de colas ni aglomeraciones y nos fuimos caminando sin prisas a nuestros asientos, que estaban detrás de una de las canastas y un poco escorados a la derecha, a muy pocos metros de la pista. Cuando quedaban 15 minutos para que empezase el Lituania-Rusia aún había muchos asientos vacíos en la tribuna principal (la otra tribuna estaba íntegramente reservada para medios de comunicación, acreditados y autoridades). Los anillos superiores y los palcos sí estaban llenos del todo. La capacidad del pabellón es de 20000 personas.


Comenzó el partido y el ambiente era más bien tranquilo, con los lituanos haciendo algo de ruido pero, por compararlo, nada parecido a un partido cualquiera de la ACB. El juego de ambos equipos tampoco ayudaba demasiado a emocionarse, la verdad, con Rusia bastante superior pero sin la brillantez exhibida en la primera fase.


El estilo de amenizar la velada era mucho más cercano al estilo NBA que al europeo, con un animador (speaker) que no dejaba de hablar en cada tiempo muerto intentando entretener al público con todo tipo de artimañas: pidiendo a la gente que hiciese ruido para el sonómetro, ver que afición gritaba más, música atronadora, juegos con el público (desde tocar los bongos de manera virtual a entrevistas a los que van vestidos más llamativamente)… supongo que habrá gente a la que le gusten mucho estas cosas, yo soy más bien de corte clásico y me llega con ir a ver baloncesto.





Mediado el segundo cuarto el pabellón ya estaba prácticamente lleno, con algunos asientos vacíos en la zona para acreditados y alrededores, pero casi ninguno libre de los de pago. Ya se veían bastantes más franceses que antes, parece que se lo habían tomado con tranquilidad. El público se volvió un poco más ruidoso con el amago de remontada lituana en el último cuarto, pero sin llegar a meterse del todo en el partido. La afición lituana se tomó con su habitual resignación festiva la derrota de los suyos y los rusos hicieron algo más de ruido sacando a relucir las banderas. Partido algo descafeinado, y como en este artículo no me voy a meter en detalles del juego, sólo un comentario: Lituania no quiso meter ni un balón dentro al pobre Valanciunas, que se frustraba y desesperaba con razón. A Songaila le dieron muchos más y coincidió con los mejores minutos lituanos por conseguir equilibrar mejor su juego.


El descanso entre partidos duró una media hora. Aproveché para comer algo en los bastante-caros-y-no-muy-buenos sitios para comer (9 libras por una cestita de pollo agridulce). Mientras, la atracción central fue un espectáculo magnifico de un grupo norteamericano de saltadores de comba que hacían auténticas maravillas, seguido de más juegos por parte del animador. Pasó rápidamente el tiempo y al fin llegaba el momento cumbre para, en mi opinión, el partido con más presión para el equipo español desde la final del EuroBasket 2007, por todo lo que había rodeado al choque contra Brasil y la pésima primera fase.


A pesar del poco atractivo juego que iba haciéndose peor a medida que transcurría el partido y ambos equipos iban atenazándose más y más, no hubo color en cuanto a ambiente comparado con el primero. Tanto los aficionados franceses como los españoles subieron enormemente la tensión en las gradas y el último cuarto se vivió agónicamente con mucha gente en pie.





Un detalle curioso sobre el público es que, como la gente pidió todo tipo de tickets sin importarle demasiado el deporte que le tocase, los aficionados que te encuentras no son los habituales de otros partidos de baloncesto. Justo a nuestro lado teníamos una pareja, y cada vez que David silbaba durante los ataques o tiros libres de los franceses la chica le decía que no hiciese ruido, para acto seguido ponerse a mandar mensajes por el móvil sin ver el partido. Tras callarse unas cuantas veces, cuando el partido estaba en el momento de tensión máxima, David les recomendó elegantemente que fuesen a ver tenis o golf si querían silencio, y siguió armando tanta bronca como pudo. Delante de nosotros estaba una chica sevillana muy simpática a la que la familia para la que trabajaba de canguro había traído al partido y estaba entusiasmada cuando se enteró de que jugaba España. No se sabía las reglas, ni cuanto duraba (¿hemos ganado ya o no? ¿Por qué paran otra vez?) ni conocía a ningún jugador, pero disfrutó enormemente, primero de que la sacaran por la tele y después de la victoria española, cantando con los dos niños british a los que cuidaba eso de “yo soy español español…”.


España ganó con nula brillantez y sufrimiento desconocido en un cruce desde hacía tiempo. Esta vez no hubo interruptor para pasar de velocidad de crucero al hiperespacio. A lo mejor fue la ausencia de cabinas telefónicas o puertas rotatorias (las busqué con la mirada pero no había) lo que impidió que Clark Kent se transformase en Superman. Los partidos fueron más bien feos (esperaba otra jornada de gran juego rusa que tampoco ocurrió) y salí con bastantes más canas de las que entré, pero para mí fue una jornada baloncestística inolvidable que siempre recordaré. Me despido dando las gracias a mis padres por regalarme la entrada.


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Artículo publicado por Ignacio Morejón

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